España, lunes 2 de mayo
de 2005 | ::
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| El tío Albert y los griegos |
| Por J. J. ARMAS MARCELO
ABCD las artes y las letras, 30 de abril de 2005 |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
Seguramente no sea la mejor, pero ejemplificamos en este texto la nueva apuesta
de ABC por el suplemento cultural, con firmas como la de Armas Marcelo, ahora,
también, en Internet. | Opina
en el foro | | | Mucha
celebración quijotesca, felicitaciones al Tío Albert, nada para Sófocles, silencio
para Aristóteles, ostracismo para griegos y latines. La semana pasada, Sánchez
Ferlosio, Premio Cervantes, se negó por razones personales a abrir «la pasarela
de moda» con el primer párrafo de la lectura del Quijote. La noticia añade que,
con su gesto, rompió una tradición.
¿Cómo podemos medir una tradición
en tiempo, cuántos años necesita una costumbre para transformarse en verdadera
tradición? La vulgarización mediática confunde tradición y costumbre, y su naturaleza
populista la lleva a utilizar una palabra por otra, un concepto por otro, sin
que nadie le pida cuentas. La vulgarización mediática confunde a Horacio con un
pastor lusitano, a Ovidio con un actor teatral catalán ya desaparecido y a Virgilio
con un primo de Zapatero. No saben nada de griego ni de latín, pobrecitos.
Con
razón, el Tío Albert sabía de la necesidad de ordenar el caos infinito a golpe
limpio de ecuación. Y con razón sostuvo que un político consistía en un simple
instante, mientras que la ecuación era toda una eternidad. Sánchez Ferlosio, por
motivos personales, no ha roto una ecuación, sino un instante, una costumbre político-cultural
instalada en España para rendir homenaje a un icono que traspasa las fronteras
del tiempo para acercarnos al mañana: más pasan los años y los siglos, más evidencia
de que el Quijote resulta una ecuación literaria de futuro. También sabemos que
el Tío Albert no fue a la Universidad hasta que lo llamaron para que diera clases
en ella, pero seguir su ejemplo (ser tan sabio y estudiar tanto) equivale en cualquier
mortal a una soberbia de tal dimensión que provoca sonrojo.
Cuando Edgar
Faure, la gran esperanza blanca de la política francesa en los 60, perpetró la
reforma de la enseñanza y cometió el error de menospreciar las filologías y literaturas
clásicas (griegos y latines) como disciplinas académicas, estaba poniendo su granito
de arena en el suicidio de la cultura francesa, hasta entonces orgullosa de sus
raíces clásicas. Ni un año pasó sin que su émulo en España, Villar Palasí, copiara
en tiempos franquistas aquella reforma tan desastrosa. Eran los tiempos gloriosos
en los que la sonrisa del régimen, Solís Ruiz, aquel animalito, exigía con voz
de hombre y titular de Prensa poner en práctica su receta para la modernización
cultural de España: «Más deporte y menos latín». Con los ecos del Mayo parisino,
llegaron las revueltas estudiantiles a España y la moda de los abajofirmantes
pasó a ser un género literario de gran relevancia cultural y política hasta hoy.
Hace
tiempo que, por razones personales, perdí la costumbre (¿o la tradición?, ¿en
qué quedamos, Gerardo o Diego?) de firmar documentos colectivos, ni siquiera los
que defienden la cultura del tabaco, y tengo para mí que sólo cuando se espera
peligro de muerte se ha de firmar en conjunto a favor siempre de la vida. Lo dijo
Balzac: «Pertenezco a la oposición que se llama la vida». Yo también. Por eso,
y sin que sirva de precedente para otros documentos colectivos que se meten por
doquiera como polvillo de la vera, añado desde aquí mi nombre a los abajofirmantes
de la iniciativa del presidente de la Sociedad Española de Estudios Clásicos,
Antonio Alvar, al enviar al presidente Zapatero la justa reclamación frente al
olvido y silencio que sufren griegos y latines en la actual reforma educativa
española.
Tras constatar hoy que el ilustre Maravall (¿y por qué olvidar
al genial Rubalcaba, su fiel escudero de entonces, en el papel estelar del gran
Díez-Hochleitner, el aladino de Villar?) cargaba un cierto complejo de Solís (¡siendo
hijo del profesor Maravall, qué parajoda!) con latines y griegos, sólo me cabe
hacer la siguiente hipótesis: el fracaso escolar en España recoge la vulgarización
de la enseñanza, el desastre familiar en la educación doméstica y el gran esfuerzo
llevado a cabo por los probos ministros y ministras de Educación de nuestra democracia,
salvo honrosas excepciones (recuerden el gran envite del Tío Albert: todo es relativo),
por eliminar de sus planes de estudio la excelencia de las lenguas clásicas y
el talento que llevan dentro. Enhorabuena, genios. Sí, todo es relativo, pero
ustedes, ministros de Educación de este y de cualquier gobierno pasado, mejor
o peor, son tan relativos que no sólo no tienen la categoría del instante, sino
la del fracaso. Ni tanto así alcanzan ustedes la dimensión del pronombre (relativo,
claro está). | |