España, lunes 20 de junio
de 2005 | ::
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| Ser en verano |
| Por EDUARDO VERDÚ
El País, 14 de junio de 2005 | |
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Es
la mejor columna de la semana porque... | |
Es una manera estupenda de recrear el inicio de las vacaciones (queda menos).
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en el foro | | | El
verano nos despierta un sueño de evasión, de huida liberadora de este presente
predecible de días fatigosos e idénticos. Las vacaciones y el calor nos distanciarán
finalmente de Madrid pero, sobre todo, nos acercarán a nosotros mismos. Cada año
nos alejamos triunfalmente de nuestro yo trabajador que creemos engañosamente
auténtico por repetido. Nuestros cuerpos abandonarán el cuarto de estar del invierno,
los trabajos prensados en luces de neón, pero nuestro viaje real será hacia adentro.
El verano no es una escapada, sino una retrospección.
El sol fogoso de
junio desabrocha las camisas, fulmina los calcetines, destapa los ombligos y recorta
los pantalones. Ahora no sólo es el espejo del baño el testigo de nuestro físico,
sino que nos exponemos a las miradas ajenas que nos contemplan despiadadamente
y nos obligan a tomar conciencia de nuestra piel enmohecida por las sombras del
abrigo. El reflejo de las pupilas extrañas nos devuelve la verdadera estampa de
nuestro cuerpo impúdicamente desfondado, vago y decepcionante.
Paseamos
estos días por Gran Vía, por el centelleante Templo de Debod o por las piscinas
públicas más conscientes de nosotros mismos que nunca, tratando todavía de reconciliarnos
con el reflejo de los escaparates y los retrovisores, entendiendo que no nos hallamos
ante una silueta provisional, sino que el calor nos ha enfrentado a un yo definitivo
e insobornable.
Cuando dejamos este Madrid de coches calientes y palomas
muertas, hoy aprovechando los fines de semana y próximamente las vacaciones, lo
hacemos con la esperanza de huir de la rutina, buscando una nueva y breve existencia
más sosegada y silenciosa. Pero esos individuos en los que nos transformamos cerca
del mar o bajo el perfil frío de las montañas no son sólo el reverso de la personalidad
espídica y sulfurada propia del invierno en la capital. Comprobamos que nuestro
carácter en vacaciones, las ocupaciones a las que atendemos, la ropa que llevamos,
las comidas que escogemos, no son una reacción, ni siquiera una actitud desenfrenada
y excesiva, sino la consecuencia de una sincera querencia.
Nos fugamos
de nuestra vida para encontrarnos, sorprendentemente, con nuestra auténtica vida,
la que nos ajusta a la perfección, sin holguras ni fajas, sin presiones ni luchas.
Nadar, leer, levantarse tarde, beber ron por las noches frente a una vela... No
nos hemos ido a ningún sitio, sino que hemos arribado a un momento donde habita
nuestra versión espontánea y natural. Por fin nos reconocemos en las actividades
que practicamos y los pensamientos que nos enhebran, no por su primicia ni por
su oposición a la conducta larga y seria del invierno, sino porque ahí es donde
hemos residido siempre aun sin saberlo. Además, pagaremos, un año más, el peaje
de las largas caravanas de salida de Madrid en dirección a la costa para ver,
en verdad, a las personas que hemos tenido al lado todo el año. Se produce un
misterioso encuentro con nuestra propia familia o amigos en los espacios sin fronteras
que abre el sol de junio, julio y agosto. De la misma forma que nos reencontramos
con las versiones puras de nuestros cuerpos y nuestro carácter, nos encaramos,
impermeabilizados de tareas y compromisos, con la compañía de siempre, pero por
fin desnuda. Las conversaciones con las parejas en las terrazas de los apartamentos
alquilados, con los niños en la cola de las gasolineras, con los padres al otro
lado del móvil que se convulsiona con especial violencia en las bermudas, hablan
de gente instalada en sí misma.
El verano nos cita con nuestra personalidad
primigenia, nos despoja de un contexto perturbador para ofrecernos un escenario
límpido en el que interactuar con la gente de siempre, ahora ellos también en
su versión más genuina. Y en un duelo de espejos nos reinterpretamos con mayor
puntería, vemos con nitidez quiénes somos, en quiénes queremos y en quién nos
quiere.
Ahora las agencias de viajes vuelven a ofrecer evasiones. Muchas
mentes se han marchado ya a esos parajes y a esos tiempos sin pulso abandonando
sus cuerpos de mirada extraviada ante los ordenadores o los ascensores de la oficina.
Sin embargo, no tardaremos en dar caza a ese pensamiento huido, en comprender
que esta escapada es un regreso. | |