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Es
la mejor columna de la semana porque... |
| Para empezar curso,
Umbral en estado puro, saliéndose de la columna. |
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Al momento de glosar esta noticia, me parece que se resume
así: el que hace turismo es el turista, no el museo que recibe
al turista. Pero anda una moda cultural, desde hace bastantes años,
que consiste en lo que llamaríamos, con
cierta pedantería, turismo artístico, turismo cultural
o turismo internacional. Miles y miles de turistas recorren sin cesar
nuestros museos y los ajenos, con plena conciencia de que están
viviendo una aventura cultural y convirtiéndose
en personas ilustradas. Pero luego mandamos un goya a Alemania o Francia
y vuelve con una esquina rota o un color decolorado, como ha ocurrido
ahora con un valiosísimo cuadro del citado Goya. La sensibilidad
del visitante también le hace mucho daño al cuadro o
museo visitado. Así perdió los brazos la Venus de Milo,
que decía don Eugenio D'Ors que tenía brazos de haber
tenido muy buenas manos.
Con la globalización de la cultura ha venido la ruina de
los museos. Escena de Inquisición, de Goya, una bella obra,
muy sugestiva y muy goyesca, nos la devuelve ahora la Galería
Nacional de Berlín, con una maculatura en su parte baja.
Sería penoso decir que es poca cosa. Nada es poca cosa en
Goya, porque es Goya, nuestro Quevedo pictórico, porque es
muy buena pintura y porque es nuestro. No vamos a culpar a los alemanes
sino a esa vieja y nueva costumbre de andar zascandileando siempre
con los cuadros mejores para la difusión del arte.
Ya digo que el que tiene que viajar es el turista y no el cuadro.
Pero ahora, con la pujanza de una nueva Europa como patria y una
nueva cultura como escuela, ocurre que se ha intensificado el jaleo
de obras que van y vienen. Pregunta usted en el Prado por este cuadro
de Goya y le contestan que el señor ha salido. Ese señor
pintado, cura o militar, sale demasiado, está siempre viendo
mundo, en vez de esperar a que el mundo venga a verle a él.
No, fectivamente, ya lo habrán notado ustedes, no soy partidario
de mover de su
sitio las esculturas, los lienzos ni el clavo del que cuelga una
obra.
Eso de la difusión del arte y la educación de las
masas está muy bien, pero se ha extendido al contrario, o
sea que se ha puesto a viajar la obra magna mientras que el destinatario
se queda esperando que se la llevan a casa. Antañazo, los
niños nos acercábamos a la pintura yendo a visitar
los museos, ni siquiera conociendo los cuadros en libros de láminas
o libros/regalo, porque no hay que leerlos. Ocurre, además,
que el cuadro no debe salir de su ambiente, no debe romper su temperatura
temporal y eterna escapándose a Zúrich o Estocolmo
por una puerta falsa. Hay que leer Noche de guerra en el Museo del
Prado. No es sólo que el cuadro necesita el clima del museo,
sino que el museo, para ser tal, necesita el clima del cuadro.
La actual mundialización de estas cosas no se debe a una
impaciencia cultural sino a unos trapicheos de Ministerio, a una
burocratización del intercambio cultural. Alguien sale aquí
ganando con el turismo del a pintura, que es la pintura del turismo.
No decimos que nadie se lleve un duro con todo esto, pero y no le
prestaría ni un calendario ilustrado a la baronesa Thyssen
pese a ser entendida. Y no digamos guapa.
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