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España, miércoles 21 de septiembre de 2005

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Goya

Por FRANCISCO UMBRAL
El Mundo, 15 de septiembre de 2005

Es la mejor columna de la semana porque...
Para empezar curso, Umbral en estado puro, saliéndose de la columna.
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Al momento de glosar esta noticia, me parece que se resume así: el que hace turismo es el turista, no el museo que recibe al turista. Pero anda una moda cultural, desde hace bastantes años, que consiste en lo que llamaríamos, con
cierta pedantería, turismo artístico, turismo cultural o turismo internacional. Miles y miles de turistas recorren sin cesar nuestros museos y los ajenos, con plena conciencia de que están viviendo una aventura cultural y convirtiéndose
en personas ilustradas. Pero luego mandamos un goya a Alemania o Francia y vuelve con una esquina rota o un color decolorado, como ha ocurrido ahora con un valiosísimo cuadro del citado Goya. La sensibilidad del visitante también le hace mucho daño al cuadro o museo visitado. Así perdió los brazos la Venus de Milo, que decía don Eugenio D'Ors que tenía brazos de haber tenido muy buenas manos.

Con la globalización de la cultura ha venido la ruina de los museos. Escena de Inquisición, de Goya, una bella obra, muy sugestiva y muy goyesca, nos la devuelve ahora la Galería Nacional de Berlín, con una maculatura en su parte baja. Sería penoso decir que es poca cosa. Nada es poca cosa en Goya, porque es Goya, nuestro Quevedo pictórico, porque es muy buena pintura y porque es nuestro. No vamos a culpar a los alemanes sino a esa vieja y nueva costumbre de andar zascandileando siempre con los cuadros mejores para la difusión del arte.
Ya digo que el que tiene que viajar es el turista y no el cuadro.

Pero ahora, con la pujanza de una nueva Europa como patria y una nueva cultura como escuela, ocurre que se ha intensificado el jaleo de obras que van y vienen. Pregunta usted en el Prado por este cuadro de Goya y le contestan que el señor ha salido. Ese señor pintado, cura o militar, sale demasiado, está siempre viendo mundo, en vez de esperar a que el mundo venga a verle a él. No, fectivamente, ya lo habrán notado ustedes, no soy partidario de mover de su
sitio las esculturas, los lienzos ni el clavo del que cuelga una obra.

Eso de la difusión del arte y la educación de las masas está muy bien, pero se ha extendido al contrario, o sea que se ha puesto a viajar la obra magna mientras que el destinatario se queda esperando que se la llevan a casa. Antañazo, los niños nos acercábamos a la pintura yendo a visitar los museos, ni siquiera conociendo los cuadros en libros de láminas o libros/regalo, porque no hay que leerlos. Ocurre, además, que el cuadro no debe salir de su ambiente, no debe romper su temperatura temporal y eterna escapándose a Zúrich o Estocolmo por una puerta falsa. Hay que leer Noche de guerra en el Museo del Prado. No es sólo que el cuadro necesita el clima del museo, sino que el museo, para ser tal, necesita el clima del cuadro.

La actual mundialización de estas cosas no se debe a una impaciencia cultural sino a unos trapicheos de Ministerio, a una burocratización del intercambio cultural. Alguien sale aquí ganando con el turismo del a pintura, que es la pintura del turismo. No decimos que nadie se lleve un duro con todo esto, pero y no le prestaría ni un calendario ilustrado a la baronesa Thyssen pese a ser entendida. Y no digamos guapa.