 |
Es
la mejor columna de la semana porque... |
Es, sin ningún
lugar a dudas, la frase de la temporada. La dijo
Juan Marsé para finalizar el rifirrafe que
tuvo con Maria de la Pau Janer la noche del Planeta.
Dijo Marsé: "No te confundas. A mí
me interesa la literatura y a vosotros la
vida literaria". |
Opina
en el foro | | |
Para decidir si compartimos las opiniones de Marsé sobre la
calidad de las
novelas ganadoras habrá que esperar a que publiquen los libros,
y leerlos.
Pero, independientemente de a quién iba dirigida y si era justa
o no, esa frase
define perfectamente una situación que se percibe desde hace
tiempo. En cada
nueva oleada de gente que aspira a publicar, es fácil distinguir
dos grupos.
Los que sueñan con escribir y dedicar a eso su vida, y los
que quieren ser
escritores y convertir su vida en una vida de escritor. Alguien podría
preguntar si acaso no es lo mismo querer escribir y querer ser escritor.
Para
mí, la respuesta es clara: no es lo mismo, ni mucho menos.
Me doy cuenta de esa
división cuando observo a los jóvenes de ahora, y me
doy cuenta porque me he
ido haciendo mayor y eso da perspectiva, pero esas dos tendencias
no son nada
nuevo. Si vuelvo la vista atrás - ahora que sé que esa
distinción existe y que
veo los límites con nitidez- me doy cuenta de que cuando yo
era joven también
había gente que soñaba con escribir y gente que soñaba
con ser escritor.
Quien quiere escribir escribe, sea poco o mucho, y sin pensar simultáneamente
qué traje se pondrá el día que lo presente
a la prensa, si decide hacerlo.
Escribe, repasa, ve qué chirría en lo escrito e intenta
solucionarlo, hasta que
queda satisfecho. Si decide publicarlo lo hará, sea en forma
de libro, en un
diario de papel o en una revista colgada en internet. En cambio,
para quien
ansía ser escritor todo eso - aun siendo importante- no es
lo principal.
Escribirá, claro está, pero su objetivo básico
es otro: llegar a conformar la
imagen que ha soñado de sí mismo como escritor.De
sí mismo como escritor
maldito, por ejemplo, ignorado por el público y menospreciado
por la crítica,
pero convencido de que un día - aunque sea cuando haya muerto-
le llegará la
gloria y su nombre resplandecerá en el firmamento literario,
aunque ahora se
pudra de amargura en un loft, cochambroso o de diseño, a
elegir. Puede que la
imagen que se ha hecho de sí mismo sea ésa o puede
que sea otra diferente por
completo: la de un escritor triunfante, pulcramente vestido mientras
desayuna
en su mansión con vistas sobre la ciudad y la sirvienta se
apresura a encender
la chimenea de su estudio, al que él entrará en cuanto
acabe el desayuno y
donde, durante un par de horas más o menos, tecleará
páginas destinadas a
cosechar los más importantes premios de la literatura mundial.
Sólo escribirá
durante un par de horas porque, después, deberá acudir
a la presentación de un
libro de poemas de su amigo Fulano - con almuerzo incluido-, a una
entrevista
con el periodista Mengano y, al atardecer, a una reunión
con el diputado
Zutano, a quien asesora sobre qué estrategias seguir en política
cultural. Todo
eso antes de, por la noche, acudir a la cena privada a la que le
invita el
Presidente (de lo que sea), gran amante de la literatura y que,
llegados al
armañac, gusta de departir con él de neosimbolismo.
Pero no todo el rato,
porque siempre hay tiempo para una partidita de billar, antes de
que, entre las
dosy las tres, tome el coche y vuelva a casa, satisfecho de haber
conseguido
ser lo que siempre había soñado.
|