 |
Es la mejor columna de la semana porque... |
| Un buen análisis. Columna
densa, pero no aburrida |
Opina en el foro |
|
|
En 1955 el poeta Allen Ginsberg escribió América, un poema
largo donde critica
ciertas cosas que no le gustan de su país, entre otras la
discriminación de las
personas que se distinguen por sus rasgos físicos o sus preferencias
sexuales.
Ginsberg era judío, homosexual y muy excéntrico y
en este poema, cuyo título
más que América tendría que ser Estados Unidos,
propone la abolición de los
prejuicios, sociales, sexuales, religiosos y raciales, en un verso
que apela a
la más elemental decencia: "Cuándo podré
ir al supermercado y comprar lo que
necesito sólo con mi aspecto". La condición de
outsider de Ginsberg, y su deseo
en verso, me vino a la cabeza recientemente al enterarme del caso
de un
delincuente imaginario, otro outsider como el poeta, que perturbó
durante
semanas la paz y la tranquilidad de un barrio de Barcelona, aunque
el caso,
como verán, puede aplicarse a cualquier ciudad europea.
Resulta que en este barrio donde vive gente conservadora y muy sólida
económicamente o, con la idea de completar el espectro, un
barrio donde los
emigrantes latinoamericanos o africanos no suelen rentarse un piso,
comenzó a
tener lugar una oleada de delitos que los vecinos relataban pero
que ni la
policía, ni las autoridades del distrito, podían confirmar.
En el transcurso de
una semana los vecinos relataron el secuestro exprés de un
niño en un
supermercado, el intento de violación de una joven y el secuestro
de un perro,
los tres incidentes en la misma calle de este barrio. Al margen
de la
dificultad estadística que habría que sortear para
poder dar crédito a esta
cadena de delitos, más propios de, por ejemplo, la Ciudad
de México, el Cuerpo
Nacional de Policía, como dije, no encontró elementos
para comprobar si estos
delitos contados habían sido delitos reales, incluso la concejal
del distrito
calificó estos relatos de "terrorismo verbal" (La
Vanguardia, 12-10-2005). No
obstante, la inquietud de los vecinos consiguió que en esa
calle, que encima es
muy corta, haya una cantidad exagerada de policías que peinan
todo el día
celosamente las aceras. Del intento de violación no volvió
a hablarse, del niño
secuestrado en el supermercado se dijo, otra vez sin confirmación
posible, que
había sido liberado a cambio de 6.000 euros, y del perro
se contó que su dueño
había tenido que pagar 600 euros por su liberación.
Ahora me centro en la figura del perro secuestrado que me parece,
por muchas
razones, la más emblemática: de este delito no se
sabe ni el nombre del amo, ni
la raza del perro, ni el sitio preciso donde fue cometido el secuestro,
ni se
sabe tampoco el nombre del secuestrador, ni hay de él una
descripción, ni se
sabe cómo iba vestido y sin embargo los vecinos dicen que
era "un peruano". Del
secuestro exprés los vecinos responsabilizaron, con la misma
espontaneidad del
caso anterior, a una "banda de rumanos", de la que no
se sabe tampoco ni
nombres ni qué aspecto tenían ni, desde luego, si
efectivamente eran rumanos,
un dato igual de arbitrario que el del secuestrador de perros peruano,
porque
cualquiera que haya visto un poco de mundo, o de programas documentales
en la
televisión, sabe que un peruano, con el aspecto que podría
asustar a los
vecinos de este barrio, puede fácilmente confundirse con
un boliviano, o con un
ecuatoriano, o con un mexicano, o con un filipino o, si me apuran,
con un
barcelonés de unas calles más abajo.
Cuando estos delincuentes imaginarios estaban en su apogeo y el
barrio entero
distraído con sus fechorías contadas, un poco más
abajo, en el mismo barrio, un
secuestrador real se metió a un supermercado por la puerta
trasera y, luego de
proferir las amenazas de costumbre, retuvo durante dos horas a nueve
rehenes, y
mientras intentaba que le abrieran la caja de seguridad y le despacharan
un
jamón porque empezaba a tener hambre, se bebió una
botella de cava e invitó a
los secuestrados a que cada uno se quedara con una de las canastas
de Navidad
que se vendían en la tienda. Por estos y otros detalles el
secuestro fracasó y
el hampón fue atrapado por la policía, se trataba
de una persona con nombre,
apellido y alias, Juan Diego Redondo, Dieguito, también tenía
un abultado
historial y había escapado de la prisión Modelo y,
sobre todo, no era ni
peruano, ni rumano, ni inmigrante, había nacido en Pampaneira,
Granada. Una
semana más tarde en Castelldefels, a unos cuantos kilómetros
de esta ciudad,
tuvo lugar el espantoso crimen de una familia de joyeros que perpetraron
dos
individuos nativos de La Mina, un barrio de Barcelona.
En ciudades muy violentas como la de México, las noticias
del secuestro de
Dieguito y el asesinato de Castelldefels no hubieran tenido tanta
relevancia,
porque en sus barrios pasan cosas de éstas, y bastante peores,
todos los días;
en aquella ciudad violenta no hay margen para los delitos imaginarios
porque
los delitos reales ocurren todo el tiempo. Que en Barcelona, y en
otras muchas
ciudades europeas, haya margen para los delitos imaginarios es,
por una parte,
una buena noticia, quiere decir que el crimen real ni está
fuera de control ni
es una costumbre; pero, por otra parte, es un pésimo síntoma
cuando, como en
este caso, se asocia automáticamente al delito con el inmigrante,
con ese pobre
peruano hipotético que, abusando del verso de Ginsberg, se
convierte en
culpable sólo por su aspecto. En estos años que vienen
en los que España tendrá
que convivir, de forma cada vez más intensa, con los inmigrantes,
los delitos
imaginarios deberían atenderse con la misma energía
que se atienden los delitos
reales, porque la criminalización del inmigrante es un impedimento
para su
integración a la sociedad y, como hemos visto últimamente
en Francia, una
multitud que se siente segregada termina, al cabo de los años,
tomando la calle
y prendiendo fuego a los coches.
|