España,
jueves 25 de enero de 2006
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| La murga
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| Por ELVIRA LINDO
El País, 18 de enero de 2006
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Es la mejor columna de la semana porque... |
| Es
una disección certera del periodismo. |
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Es muy difícil sustraerse a la moda del adjetivo. El adjetivo está en alza en el
periodismo. Tanto es así que, aunque en secreto albergas la sospecha de que
caminas por un terreno facilón, si te entregas a la tarea de adjetivar
violentamente no te atreves a renunciar a la adjetivación por miedo a perder
clientela, por miedo a ser tachado de poco vehemente. El adjetivo ha ido
subiendo de tono según hemos ido avanzando en esta democracia. Hasta el
ciudadano menos atento puede advertir, cambiando el dial o leyendo prensa en
papel o en Internet, de qué manera hemos ido madurando en nuestra creciente
capacidad dialéctica. En este sereno país de debates mesurados, en esta balsa
de aceite, ya no hay columna que se precie en la que no encontremos palabras
como nazi, golpista, franquista, genocida, facha, torturador, fascista,
guerracivilista, carca, rojo, reaccionario, progre, pijoprogre, racista,
censor, españolista, españolazo, descerebrado, jacobino, centralista, hijo
puta, lacayo, colonialista, bobo, traidor y un largo etcétera que dejo en sus
manos. Observando el fenómeno de forma optimista, podríamos decir que vivimos
en una permanente adolescencia; de adolescentes ha sido siempre el amor por los
adjetivos y el desprecio por contar lo que se ve sin dar la murga con lo que
uno piensa. Hoy lo que importa es la opinión, una opinión rica en adjetivos a
la que aferrarse. En cuanto a los hechos, qué importan los hechos, uno los
adapta a la opinión que ya tenía previamente formulada y aquí paz y después
gloria. Sé de un profesor de redacción periodística tan extravagantemente
sensato que escurre los periódicos ante sus alumnos como si fueran estropajos y
sacude los aparatos de radio para que se vacíen de adjetivos. Es lo que hace el
artista cuando madura, decir lo que quiere de la forma más simple. Pero aquí
vivimos en la eterna juventud. En estos tiempos en que la moderación es tan
poco frecuente que está a punto de convertirse en radical, puede que ese
profesor convenza a unos pocos alumnos y puede que de esa clase salgan unos
pocos periodistas que sientan el amor por el oficio, algo tan simple como eso,
el oficio de escuchar, mirar y contener las palabras, guardarse los adjetivos
en la manga para cuando sean de verdad necesarios, sobre todo esos adjetivos
tan tremendos que han perdido el sentido ya de tan manoseados como los tenemos.
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