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España, miércoles 8 de marzo de 2006

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Terreno vedado

Por IGNACIO CAMACHO
ABC, 4 de marzo de 2006

Es la mejor columna de la semana porque...
Como contrapunto al dolor de columna, en el mismo periódico, ABC, Ignacio Camacho se ha hecho con un hueco privilegiado… Un artículo suyo, a modo de ejemplo.
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DE haber podido concurrir a los premios Goya, la película de los vaqueros gays habría arramplado hasta con las estatuillas del vestíbulo. Se las habría entregado la ministra Carmen Calvo vestida de Mariquita -of course- Pérez, y Zerolo, oficiando de maestro de ceremonia, habría intentado casar allí mismo a los dos desdichados protagonistas, pese a que uno de ellos acaba de interpretar, para desetiquetarse, al mismísimo Casanova. Pero como «Brokeback Mountain» se presentaba a los Oscar de Hollywood, en esa permisiva California donde la homosexualidad tomó hace décadas carta de naturaleza, pues se ha quedado sin el premio gordo de una Academia poco dispuesta a cargarse de un plumazo -con perdón- el varonil código sagrado del western. John Wayne sigue siendo mucho John Wayne, y Gary Cooper está en los cielos.

La película en cuestión es excelente, bellísima, conmovedora si se ve sin prejuicios, y Hollywood se lo ha reconocido con tres Oscars, entre ellos el de mejor director, que no es poca cosa. Pero la industria americana no ha querido dejarse llevar por la corriente de lo políticamente correcto. Allí, en materia de transgresión familiar el listón sigue por ahora en la freudiana escena de James Dean tirando piedras a la casa paterna de «Al este del Edén» o en la lascivia menorera, pero heterosexual, de Kevin Spacey en «American beauty». Los responsables de «Brokeback Mountain» se han consolado pensando, razonablemente, que su apuesta iba demasiado lejos para la América de George W. Bush, porque una cosa es que el cowboy de Marlboro haya muerto de cáncer de pulmón y otra distinta que se le volviese el paraguas, como dicen en el Cono Sur, y acabase liado con un colega -entre pitillo y pitillo, antes y después- en la tienda de campaña mientras duerme el ganado.

Es probable que la hermosa, dura y emotiva cinta de Ang Lee haya sido víctima en Estados Unidos de su propia osadía argumental, en la misma medida en que le ha reportado el aplauso de los festivales y foros cinematográficos europeos. En una sola pieza, Lee ha sacudido la conciencia social convencional y le ha pegado una patada en el hocico al «western» clásico, severamente codificado por tantas obras maestras de género. Así que una película inobjetable, de una belleza turbadora y una honda y dolorosa sentimentalidad, ha resultado víctima de su propia voluntad de desafío y ruptura, que ha impedido que se vea únicamente como buen cine y la ha servido al público como objeto de polémica moral. Decía Gide que con buenas costumbres no se hace buena literatura, pero «Brokeback Mountain» pisa demasiados terrenos vedados a la vez. Y eso puede funcionar en la España buenista del zapaterismo -donde, por cierto, no hay nadie con talento bastante para hacer un cine así- y vuela a favor de corriente en la Europa multicultural del pensamiento débil, pero choca de frente con la conciencia mayoritaria de una América orgullosa de sus valores y de sus mitos.
En el mérito lleva la desgracia y en la intención, la penitencia.