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Es la mejor columna de la semana porque... |
| Este chaval escribe
francamente bien, lástima que no se prodigue
más por la edición nacional de El
Mundo. |
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Hace unos días Sánchez Dragó tuvo la ocurrencia
de decir que los madrileños somos la gente más sucia
del planeta Tierra y al día siguiente tuvo que purgar su
pecado colocándose unas orejas de burro. Dragó se
pasó: no somos los más guarros del mundo, sólo
estamos los segundos o los terceros del ranking (depende de la encuesta).
A la suciedad de las calles, hay que sumar la contaminación
acústica, terreno donde los madrileños somos unos
verdaderos campeones. Será porque tenemos un alcalde melómano,
pero lo cierto es que en Madrid el ruido es la única ley:
obras de día y obras de noche, sirenas de ambulancia a toda
hostia, vecinos medio sordos que oyen la televisión desde
Albacete, pinchadiscos frustrados que se entrenan en casa, etc.
Decía un personaje de una película de Tarantino que
se iba a venir a Madrid porque aquí se cena a las doce de
la noche. El personaje era el típico imbécil borderline
que se pasea por las películas de Tarantino entre manchas
de sangre y cerebros desparramados, deseoso de gastarse su pasta
recién robada en una ciudad a la altura de sus sueños.
Seguramente Dragó se puso las orejas de burro para lanzar
un mensaje subliminal a la audiencia. Es una cuestión de
orejas, sí, y de borricos, porque en una amplia zona de la
Comunidad de Madrid, aparte de la banda sonora habitual de bisbales
y hormigoneras, ahora hay que unir la pesadilla aérea. Un
cambio de ruta propiciado por AENA (y por ciertos preclaros intereses
inmobiliarios) ha obligado a habilitar una nueva zona de despegue
sobre un corredor que incluye, entre otras, las poblaciones de Colmenar
Viejo, Tres Cantos y Ciudalcampo. A las cinco de la mañana
pasa un avión despertador rumbo al Atlántico y de
ahí en adelante no duerme ni San Pedro.
Orejas y borricos aparte, la cosa tiene bemoles hasta tal punto
que uno se pregunta si AENA estará asesorada por Mortadelo
y Fomento por Filemón. Porque los aviones sobrevuelan a baja
cota una zepa, es decir, una zona de especial protección
de aves, uno de los poquísimos reductos peninsulares donde
todavía anidan buitres, cigüeñas negras y la
joya de la corona de las rapaces hispánicas: el águila
imperial, un ave formidable a punto de extinguirse. El choque con
uno de estos bicharracos (un buitre negro puede llegar a pesar 15
kilos y tiene una envergadura de dos metros) puede provocar una
catástrofe. De hecho, ya ha habido tres casos certificados
de despegues abortados, en los que el avión tiene que soltar
carburante a toda mecha y regresar a la base. Para colmo, los nuevos
aviones que escabechan águilas están siendo bautizados
con el nombre de sus víctimas. Ya hay un Aguila Imperial
y un Buitre Leonado de metal y goma. Será, por si se extinguen,
para que el nombre no se pierda. Y cuando se les acaben las aves,
les pondrán nombres de vecinos. Ni Mortadelo, tú.
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