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Es la mejor columna de la semana porque... |
| Merecen la pena estos
argumentos no poralizados. |
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La irrupción de Bayrou como serio candidato a la presidencia
francesa puede ser un claro síntoma de la crisis por la que
atraviesan las formas tradicionales de hacer política en
los países de nuestro entorno, incluido, por supuesto, el
nuestro. A mi modo de ver, esta crisis de la política se
proyecta, al menos, en tres campos, todos ellos relacionados entre
sí: primero, en la relación entre gobernantes y gobernados;
segundo, en las ideas de derecha e izquierda, y, tercero, en el
papel actual de los partidos políticos.
En efecto, debido al lenguaje que se usa cada vez con más
frecuencia, hay un cierto hartazgo de la política de blanco
y negro, del estás conmigo o estás contra mí,
de mensajes únicamente dirigidos a criticar al adversario.
A su vez, la confianza del ciudadano en su líder comienza
a flaquear: ya no se le cree a pies juntillas, ya no convence el
simple brillo de su carisma sino que se le exigen explicaciones
razonables. Por fortuna, está aumentando el número
de ciudadanos sanamente escépticos, personas que no se casan
con nadie, que inteligentemente desconfían por principio
de sus gobernantes, aun habiéndoles votado.
En segundo lugar, hay una evidente crisis de las ideas de derecha
e izquierda que los partidos de uno y otro signo dicen representar.
Ojo: no digo, ni mucho menos, que ya no existan la derecha y la
izquierda. Ambas nociones se han distinguido históricamente
siempre por lo mismo: la derecha quiere conservar el orden existente
y la izquierda cambiarlo favoreciendo una mayor libertad e igualdad
entre las personas. Lo que digo es que hoy ni los partidos de derecha
son absolutamente conservadores ni, sobre todo, los de izquierda
ofrecen cambios sustanciales a favor de la libertad y la igualdad.
El ciudadano inteligente al que antes aludíamos al contemplar
la situación ahonda en su escepticismo y, además de
desconfiar de sus gobernantes, pasa a desconfiar también
de las tradicionales ideologías acabadas en ismo,tan de moda
en el siglo pasado. Su reacción ante cualquier propuesta,
de cualquier partido, consiste en decir: "Veamos". Y,
seguidamente, pasa a analizarla desde su propia perspectiva.
En cuanto a los partidos, quizás nunca han sido gran cosa,
aparte de instrumentos imprescindibles para representar a los ciudadanos,
pero en estos momentos, por lo menos en España (probablemente
también en Francia), su crédito está bajo mínimos
por diversos factores, entre ellos su ávido sectarismo y
su opaco funcionamiento interno, pero, muy especialmente, por sus
ansias de controlar todo aquello que en la sociedad se mueve y puede
perjudicar sus intereses, empezando por sus deseos de controlar
los medios de información, una de las amenazas más
graves con las que se enfrenta la actual democracia. Pues bien,
a nuestro escéptico ciudadano los partidos tradicionales
ya no le sirven como instrumento de participación política,
precisamente considera que son el principal factor que impide la
participación. Por tanto, se abstiene de asomarse a ellos
y, con flema británica, tiende a esperar a que cambien, se
sitúa en una cómoda posición de wait and see.
Tengo la impresión de que la inesperada subida electoral
de François Bayrou en Francia tiene que ver con todo eso.
Bayrou es el antilíder mediático: un francés
de origen campesino que, de alguna manera, aún sigue practicando
este viejo oficio. Además, no está encerrado en posturas
ideológicas dogmáticas, sino que, frente a los graves
problemas con los que Francia se enfrenta, ofrece soluciones pragmáticas
y razonables, difícilmente encajables en los rígidos
esquemas tradicionales. Por último, Bayrou casi no tiene
partido: la UDF es una organización minúscula si la
comparamos con la UMP de Sarkozy y el PS de Royal. Pero quizás
aquí esté una de las razones para atraerse al ciudadano
escéptico del que hablábamos, harto de la prepotencia
de los grandes aparatos burocráticos y de unos líderes
tan radiantes del glamour que les montan sus asesores de imagen
como vacíos de ideas propias, siempre lanzando eslóganes
ideados por otros asesores y dispuestos a dar el giro ideológico
necesario indicado por los gurús que manejan las encuestas.
Nuestro escéptico elector francés prefiere la autenticidad
de Bayrou a los indudables encantos de la inconsistente Ségolène
Royal o a la contrastada experiencia del duro Nicolas Sarkozy. ¿Y
la ideología?, me dirán ustedes. Como hemos dicho
antes, el ciudadano escéptico lo es también respecto
a las ideologías, a las palabras, palabras, palabras: se
trata de un tipo pragmático, confía en los hechos,
en la competencia técnica y en el sentido común.
Las actitudes políticas están cambiando en las sociedades
occidentales. Hay una parte creciente de la sociedad que no se identifica
con las derechas e izquierdas de toda la vida y ha optado por pensar
por su cuenta. Para otros, en cambio, derecha o izquierda forman
parte de su identidad personal, hablan de lealtad a la derecha o
a la izquierda como si con ellos tuvieran una relación personal,
dicen "soy" de derechas o de izquierdas con la seguridad
de quien está en posesión de la verdad y tiene una
indudable superioridad moral sobre los adversarios.
Nuestro ciudadano escéptico sonríe y se dispone a
votar a Bayrou con esperanza y sin convencimiento, según
el sano espíritu del viejo poeta. Y quizá, tras votar,
se tome un Calvados escuchando al irónico y combativo Georges
Brassens: "Mourir pour des idées, l´idée
est excellente, moi j´ai failli mourir de ne l´avoir
pas eu...".
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