3 de septiembre de 2007 |
| Spiderman cojuelo |
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Por MANUEL RODRÍGUEZ
RIVERO
ABC, 31 de agosto de 2007 |
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su autor utiliza con maestría el humor, sobre todo
en las acotaciones y paréntesis.
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Nos decían que la Naturaleza copiaba al Arte. Ahora sabemos
que la Ciencia remeda al Cómic. Leo en las páginas de
«Ciencia y Futuro» de este diario -constante fuente de
inspiración a las que reitero mi agradecimiento- que está
a la vuelta de la esquina la fabricación de un traje o vestimenta
integral que, aprovechando la teoría de la atracción
molecular de Van der Waast (he consultado Internet,
no vayan a creer que escribo a tontas y a locas), y mediante el empleo
de nanotubos de carbono en guantes y calzado (¿calcetines o
zapatos deportivos?), proporcionaría a sus usuarios las mismas
cualidades trepadoras que caracterizan a Spiderman.
Como sin duda ya saben mis improbables lectores, el tímido
estudiante Peter Parker, un ciudadano normalito que
se oculta tras el superhéroe creado por Stan Lee
y Steve Ditko a comienzos de los sesenta, adquirió
sus superpoderes a través de la picadura de una araña
que había mutado a consecuencia de una explosión nuclear
(eran los años del terror atómico). Ahora, y gracias
al progreso científico, las cualidades excepcionales del personaje
estarían al alcance de todos los que puedan pagarse el traje.
Incluidos los políticos.
El deseo de subirse por las paredes (dejemos a un lado por ahora otros
significados de la expresión) está documentado en ilustres
antecedentes iconográficos y literarios. Entre nosotros, el
antepasado más célebre de Spiderman es aquel Diablo
Cojuelo imaginado por Vélez de Guevara en
la España de Felipe IV, cuando todo el monte
ya no era orégano dorado y americano, y lo que Deleito y Piñuela
llamó la «mala vida» era simple costumbrismo en
una Babilonia madrileña bullente de pícaros, putas,
corruptos y arribistas.
Claro que lo que hacía entonces aquel diablillo no era practicar
la acrobacia urbana y combatir el mal desde el aire, sino mostrar
a Cleofás Leandro Pérez Zambullo, un
ingenuo estudiante que todavía no se había caído
del guindo (como ven, un Peter Parker avant le comic) lo que se ocultaba
tras las paredes y los tejados de la capital. Y esa es, en mi modesta
opinión, la más eficaz prestación que nos ofrece
el futuro traje.
Lo que me roe la paciencia es que haya que esperar tanto. Imagínense
por un momento el extraordinario aprovechamiento que el indumento
tendría estos días. Poder trepar por las paredes o los
tejados de Génova o de Ferraz y, aprovechando cualquier hueco
-una ventana entornada, un intersticio del aparato de aire acondicionado,
la salida de humos de la cocina-, observar y escuchar eficazmente
y sin necesidad del limosnero off the record las estrategias y tácticas
que se van a poner en marcha para promocionar (desde Génova)
al nuevo partido «de izquierda nacional» Basta Ya y (desde
Ferraz) a la lista de candidatos «progresistas» del PP
que deberían acompañar a Rajoy en las próximas
elecciones. Imagínense lo que sería poder escuchar las
deliberaciones de los obispos -habitualmente circunspectos- cuando
se reúnan para comentar la creciente protesta de los colegios
católicos por las vociferaciones del Vociferante al que siguen
pagando el sueldo. O lo que se dicen (y se hacen) Ibarretxe
e Imaz, o Aguirre y Gallardón,
o Más y Durán, o Molina
y Regàs cuando creen que no les ve ni les
oye nadie. Un chollo.
No hace falta ser tan astuto como Zaplana para comprender
que ese traje se va a convertir en una imprescindible herramienta
en el ejercicio del periodismo y del análisis político.
Por eso, y por la cuenta que nos trae, desde aquí me permito
solicitar humildemente un esfuerzo económico a nuestro Director
y, aún más allá, a los responsables de las pelas
en Vocento. Ningún periodista ni colaborador de ABC sin el
traje de nanotubos de carbono. Y rápido. Antes de que los adquieran
los políticos y se suban por las paredes para saber lo que
se cuece en los consejos de redacción de los diarios. |
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