
...tiene
una gran facilidad para expresar lo que muchos pensamos de
una forma eficaz. |
Hace unos meses, una amiga me fastidió, al enviarme un fax
comentándomelo, el episodio clave de una serie de televisión
que yo seguía. Supuso, errónea e inocentemente, que
lo habría visto a la vez que ella, cuando jamás veo
nada en ese aparato a la hora de su emisión, sino que lo grabo
y me lo pongo más tarde, para así ahorrarme los monstruosos
bloques de anuncios imbéciles (sí, ya sé que
esto último es una redundancia; resulta inconcebible que nadie
cobre por idear y decir imbecilidades), con el ente estatal a la cabeza.
La cosa me sentó como un tiro, regañé a mi amiga
por imprudente y aun la amenacé con una venganza que desde
luego estaba en mi mano: contarle y chafarle la novela que yo acababa
de terminar y que ella no podrá adquirir hasta el 24 de septiembre,
tras una espera de tres años desde la salida del segundo volumen
de esta obra, y de cinco desde la del primero, pues se trata de una
novela en tres partes.
Huelga decir que no cumplí mi amenaza, pero eso me ha llevado
a darme cuenta de lo difícil que es hoy en día que
a uno no le revienten las películas, las novelas, las series
de televisión y hasta los partidos de fútbol. Con
estos últimos lo comprobé hace ya años: si
había de salir a cenar o tenía un compromiso, grababa
el partido que me interesaba, y confiaba en no enterarme del resultado
hasta volver a casa y pasarme el vídeo, en la misma ignorancia
y zozobra que si lo estuviese viendo en directo. Es una misión
casi imposible: en el taxi de vuelta el conductor lleva encendida
la radio y es raro que durante el trayecto no se le escape a alguien
que el Madrid -eran otros tiempos- ha ganado por cuatro a dos. Malditas
las ganas que le quedan a uno, entonces, de ponerse el ansiado partido.
O si hablaba uno por teléfono con un amigo, y aunque le advirtiera
que no dijera nada al respecto, era infrecuente que no se le escapase:
"Ya verás", o algo por el estilo, dándole
ya a uno demasiadas pistas con esa mera frase. Tocaba pasarse la
retransmisión entera esperando algo desusado: que el Madrid
hubiera perdido por goleada -insisto, eran otros tiempos-. De lo
que la gente parece incapaz es de no soltar ni una palabra.
Pero la cosa se ha agravado en la actualidad, con tanto afán
informativo y con esa impaciencia generalizada por saberlo todo
antes de que se produzca; también por contarlo todo y, a
través de Internet y de los SMS, proclamarlo a los cuatro
vientos en seguida. Yo llevo unos cuantos meses (y los que me rondarán,
moreno) intentando no saber el final de Los Soprano, que ya se ha
emitido en los Estados Unidos: tengo la buena costumbre de ver esa
serie siempre en DVD, más tarde, a mi ritmo y sin interrupciones.
De niño me encantaban los trailers en los cines, y nada más
terminar esos avances me entraban unas ganas locas de que se estrenase
lo que anunciaban. Ahora no sé qué clase de descerebrados
los hacen, porque tras su visión tengo siempre la sensación
de conocer la película entera. Y no son pocos los textos
de los DVDs que lo relatan todo, final incluido. Parece como si
se haya olvidado el arte de sugerir, de atraer, de insinuar, yendo,
de hecho, contra los propios intereses. Cada vez que hay una novedad
de cierta importancia o para la que se espera mucho público,
la propaganda es tan abrumadora que, sin haber puesto aún
pie en el cine, uno cree haber visto ya la película y normalmente
se la ahorra. En cuanto a los llamados making of (con una sola f,
por favor), son de lo más catastrófico y disuasorio
para la obra que promocionan. A veces pienso que si Hitchcock aún
viviera, se las vería y desearía para que no le reventasen
el suspense.
La plaga afecta hasta a la literatura. Entre las críticas
(que cada vez salen más rápido y no suelen ser cuidadosas),
las entrevistas con los autores, la promoción editorial y
los comentarios impresos, es casi imposible empezar a pasar páginas
sin tener de antemano mucha más información de la
querida y numerosos prejuicios. Si a eso se unen tantas personas
provistas de Internet y móvil, y con verdadera urgencia por
comunicar a sus conocidos que ellas se han adelantado y que ya poseen
el libro (véanse las histéricas colas para hacerse
con el último Harry Potter), y que ya se lo han leído
(menuda lectura apresurada habrá hecho la mayoría),
y que es bueno o malo; y con tanta gente asimismo dispuesta a joder
por joder y a chafarle el placer al prójimo, … los
que aún tenemos gusto en ver y leer por nuestra cuenta nos
vemos obligados a no abrir prensa, encender televisión ni
casi hablar con nadie desde que aparece algo que nos interesa hasta
que por fin encontramos el hueco para disfrutarlo. Es como si el
mundo conspirase contra el descubrimiento y la sorpresa. Y me doy
cuenta de que mi amiga imprudente, en todo caso, lo tendrá
crudo para escapar a la amenaza que le cerní sobre mi modesto
libro: en varias entrevistas que sobre él ya me han hecho,
he tenido que parar a la entrevistadora alarmado: "Pero, mujer,
no mencione eso, que destripa la novela". Dudo que hayan tenido
en cuenta mi advertencia. No sé si recomendar, a quienes
tengan intención de leerla, que antes de ponerse a ello se
abstengan de echarse a la vista cualesquiera declaraciones mías
y las críticas supersónicas. Aunque eso, en nuestro
mundo de propaganda y comercio, probablemente equivalga a arrojar
piedras contra mi tejado. |