
...retoma
un asunto muy repetido en las columnas durante los últimos
días, pero lo hace con un punto de interés por
encima de lo habitual. |
Querido J:
Una periodista inglesa, al principio de un largo artículo
en The Times, henchido de golpes de pecho, localizaba el caso Madeleine
«at the back of my mind». Yo tampoco puedo quitármelo
de la cabeza. Quizá es que en nuestras dos cabezas sea fácil
hacerles sitio. No obstante, y para alargar esta carta, podrían
examinarse otras hipótesis. Por ejemplo, la posibilidad de
que este crimen extraordinario esté llamado a dar cuenta
relampagueante de nuestra época, como lo hicieron, respecto
a las suyas, el del estrangulador de Boston o el de Carmen Broto.
No parece que ningún otro crimen reciente pueda hacerle competencia.
Ni siquiera el largo secuestro de Natascha Kampusch. El suicidio
del secuestrador de la niña austríaca y la imposibilidad
de reconstruir el cautiverio a partir de su memoria infantil dejan
ese crimen en manos de la literatura imaginativa e impiden el acceso,
más allá del deslumbramiento inicial, a las grandes
masas realistas. Todo lo contrario de lo que sucede con Madeleine,
cuya trágica peripecia se inscribe en el dominio de la especulación,
que es una imaginación contante y sonante, y naturalmente
filosófica.
No comparto en absoluto el criterio de que el periodismo debiera
poco menos que ignorar este caso, como proponen algunas reflexiones
metaperiodísticas, levemente hipócritas. Otro asunto
es lo que hace el periodismo con él. Pero el caso en sí
es ex-tra-or-di-na-rio y ni el periodismo ni la vida pueden hacer
otra cosa ante lo extraordinario que someterse. Las razones de su
carácter anómalo son diversas, pero ninguna tendría
importancia sin el vuelco desgarrador que ha convertido a las víctimas
en acusadas. Se dice, y con rictus de reproche amargo, que otros
niños desaparecidos no han recibido la misma atención
social y mediática. Desde luego; pero eso no es consecuencia
de la campaña emprendida por el matrimonio McCann. O no sólo.
En realidad, y a pesar de Beckham, Benedicto XVI y Laura Bush, el
Find Madeleine languidecía, porque ninguna campaña
puede mantenerse bajo la atención mundial a partir de un
producto común y la desaparición (a secas) de un niño
lo es. La principal noticia de esa campaña fue la campaña
misma, y a mediados de agosto estaba a punto de autodevorarse cuando
empezaron a aparecer las primeras noticias que relacionaban a los
propios padres con la desaparición. Dicho sea en cínicos
términos publicitarios, ése fue el gran hallazgo y
el que elevó la carita de Madeleine a la categoría
de icono global. Un hallazgo, por cierto, que será muy duradero
y que previsiblemente mantendrá la atención sobre
el caso hasta que la Justicia o los medios decidan si los padres
son o no responsables, en alguna medida, de su desaparición.
Es obvio que si la Justicia resuelve sobre la implicación
paterna, la aclaración del destino de Madeleine quedará
incorporada a la resolución. Pero la hipocresía no
habría de velarnos: el interés obsesivo del mundo
no lo ha producido la desaparición de la niña, sino
la incierta implicación de los padres.
Otra de las razones importantes del interés está
en el matrimonio mismo y en su personalidad social: nada tiene que
ver con la pareja de Gloucester que enterraba a niñas en
el jardín de la casa de los horrores. Crímenes de
ese tipo son como una tempestad: desarbolan el corazón, pero
pronto pasan. No es el caso del matrimonio McCann. El horror que
supuran (y me harás el favor de entender que hablo de los
McCann, así, LOS McCANN con letra y eufonía de tabloide)
es un horror verosímil, que parte de un accidente muy burgués:
padres que perdieron los nervios. Sobre el perfil mediático
de los padres y su desdichado éxito hay una infinidad de
cosas por decir; pero tiempo habrá de escupir la bola del
estómago. Ahora tengo otras urgencias.
El horror verosímil. No debiera confundirnos. Que el horror
sea verosímil no quiere decir que lo sea el relato concreto
que lo sustenta. Te lo resumo por si a veces no llegan a tus predios
la tinta y la sangre. Unos padres matan accidentalmente a su hija
la tarde del 3 de mayo, en un apartamento de vacaciones de un país
extranjero donde llevan dos días, y ocultan su cadáver
antes de las diez de la noche, cuando la mujer da la alarma en el
restaurante donde el matrimonio cenaba junto a otros amigos. Nótese
que la alarma de la mujer era, naturalmente, una representación
y que los padres cenaban en alegre compañía tras haber
cometido el crimen y haber planeado y ejecutado el ocultamiento.
El relato no procede de ninguna fuente oficial. Se sustenta en confidencias
dispersas de fuentes policiales, judiciales y políticas.
El sumario del caso es secreto incluso para las partes y no se conocen
con detalle los hechos por los que la policía considera sospechoso
al matrimonio McCann y por los que el fiscal ha solicitado su imputación.
En la miríada de confidencias hay, probablemente, muchos
datos ciertos; pero a modo de pequeños archipiélagos
desconexos, cercados de incertidumbre.
Esta cuestión es fundamental para seguir explicando la atracción
del público por el caso Madeleine. ¡Hay mucho trabajo
por hacer! Un océano por dragar. La particular metodología
del relato, que implica por igual a periodistas y autoridades, adopta
sin repugnancia epistemológica cualquier sugerencia. Se trata
de cuadrar y en esa gestión la realidad importa poco. Nada
de esto es nuevo: en cualquier comunidad, y en cualquier época,
los rumores se han ido cosiendo con las hipótesis hasta fabricar
una urdimbre más o menos resistente. La gran novedad de hoy
es que ese parloteo de las esquinas, local y efímero, se
ha hecho universal y sólido en internet. Las sentencias vecinales,
igualmente senequistas que ayer, se apuntalan hoy con animaciones
flash y cartografía de google, y en pocos días una
inteligencia media puede convertirse en experta (y, además,
en verdadera experta) en perros que siguen el olor de cadáveres.
No sé hasta qué punto esta conversación se
traduce en presión social. Es un asunto arduo y largo, y
también habremos de dejarlo.
El crédito del relato hasta ahora conocido sobre la participación
del matrimonio McCann en la desaparición de su hija sólo
se basa en el argumento de autoridad. La policía portuguesa
decidió a mediados de agosto que el matrimonio era sospechoso
y, dado que el ordenamiento jurídico portugués prevé
esa figura, los McCann quedaron así exhibidos a los ojos
del mundo. La confianza democrática, que no es portuguesa
ni británica ni española sino confianza democrática,
da por descontado que la policía tendrá más
razones para haber actuado así, dado que las que se conocen
son absolutamente insuficientes. Estas razones serán secretas,
porque así lo es el sumario. Y aquí está, amigo
mío, el problema tremendo del asunto. Si la Justicia no puede
probar la culpabilidad del matrimonio y lo absuelve, el impacto
de la sentencia quedará muy aminorado por el inmenso relato
universal (en tantos fragmentos delirante) que ha construido el
pueblo soberano. Eso, desde luego, en la mejor de las hipótesis
y con independencia de lo que acierta a sintetizar con brillantez
mi amigo el abogado Melero: «Cada vez más jueces creen
que no es justa la justicia que contradice las tesis de los media.
Por eso, en sus autos, piden disculpas cuando la contrarían».
El secreto del sumario es un viejo e irresuelto asunto de la casuística
judicial y de una complejidad endiablada. Hoy no lo resolveré,
que ya anochece. Pero no tengo dudas que un juez instructor debe
intervenir en la elaboración de un relato social como el
que afecta al matrimonio McCann. Y que ha de intervenir en él
antes de que sea tarde y el relato del archipiélago cuaje.
Es una tarea muy difícil: ha de preservar investigaciones
en curso y ha de evitar cualquier vulneración de derechos;
ha de estar atento también a las probables contaminaciones.
Pero, por suerte o por desgracia para él, un juez instruye
en medio del mundo. Y no parece justo que en este asunto trágico
no apuntale, por un lado, las hipótesis policiales, permitiendo
que se extienda sobre el trabajo de la policía una insidiosa
sombra de manipulación e incompetencia, o, por el otro, asista
impasible a la situación de indefensión práctica
del matrimonio McCann, al que, por cierto, y contra lo que opinan
sus avispados asesores, cada muestra de potencia económica
o social hunde todavía más en la arena movediza de
la opinión.
El secreto sumarial ha de ser administrado como algunas medicinas,
que curan o matan según la dosis.
Sigue con salud
A.
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