
...aunque
Espada vuelve a repetir por segunda semana consecutivo en
esta sección se lo merece. Una crítica literaria
muy divertida. |
Querido J:
He acabado de leer hace sólo unos instantes Madera de Zapatero,
y te escribo de inmediato para contártelo, antes de que me
olvide del sueño. Te advierto, sin embargo, que será
una carta fracasada, en este caso particular por la imposibilidad
técnica de una respuesta en forma. Necesitaría aquí
un prodigio como el de la web del New York Times. Debajo de cualquier
palabra escrita en ese periódico hay un link que te conduce
a una información gramatical, periodística o enciclopédica.
Es decir hay un libro secreto debajo de cada una de ellas. Algo
así está intentando nuestro querido amigo Santiago
González en su blog, pero es tarea ímproba: la selva
le crece a mucha mayor velocidad de la que saja. El libro confirma
una curiosa inversión de los mecanismos culturales, cada
vez más ordinaria. Escribir un libro lo puede escribir cualquiera.
Pero criticarlo... Ah, criticarlo: eso requiere mucha dedicación
y entrega. Yo me puse a leer, interesado no sólo por la figura
del presidente sino por la de su escriba, al que conozco en el género
argumentativo desde hace tiempo y con el que he pasado magníficos
ratos. Aunque debido a una organización del relato que cede
la palabra a otros su prestación no tenga la espectacularidad
de pasadas entregas hay rastros del intenso De Toro de siempre.
Suyo es, cabe pensarlo, el título. Completamente ininteligible
y de una vulgaridad que echa mano tanto de una media rima como del
oficio implícito en el apellido presidencial, aunque sea
en esta última característica donde se revela más
grotesco: muy distinto, por episódico ejemplo, habría
sido escribir cualquier título con siete suelas. Suyo es,
también, este fragmento del arranque del libro, un completo
pack de sus formas sintácticas, semánticas y estilísticas:
"Si la elección de un gobernante implica un pacto de
confianza tan importante, justo es que los ciudadanos conozcamos
a la persona a la que otorgamos tanta confianza". Suya, aunque
con la desdichada colaboración de dos personas más,
la estructura televisada del libro, réplica de la osada gramática
de 60 minutes o de su pariente pobre Informe semanal. Suya la impresionante
sorpresa del capítulo 6, cuando después de 216 páginas
de observaciones minuciosas sobre Zapatero, vertidas por sí
mismo y por el pueblo, el capítulo anuncie: "Impresiones
sobre Zapatero". Y suyo, finalmente, el peor problema gramatical,
es decir el acto de deslealtad cometido con su amigo y presidente,
al no advertirle del implacable retrato, de los soberanos trazos
de estulticia, impudor y puerilidad con que su imagen ha quedado
escrita.
Aparte de los comentarios del propio presidente el libro incluye
los de su hermano Juan, la vicepresidenta Fernández de la
Vega, el secretario José Blanco y los de diversos diputados
y colaboradores. Una característica general de esos comentarios
es que se centran en la personalidad del presidente antes que en
su política. Y que, en las raras ocasiones en que se examina
ésta, suele ser al hilo de alguna característica personal.
Es innecesario subrayar su contenido: valga decir que el más
crítico e irrespetuoso es el diputado Torres Mora que suele
calzar sus halagos, muy sportivamente, con los apelativos "tío"
y "tipo". El interés informativo es nulo, a excepción,
tal vez, del capítulo dedicado al ascenso hasta la secretaría
general. Lástima que todo él esté transido
de nuestra ya famosa falacia hindsight bias y su castizo: "una
vez visto todos listos"). Es decir, cualquier minucia simbólica
en el camino hacia la toma del poder adquiere sentido en función
del final, feliz, de la historia. Valga como ejemplo mínimo,
pero repleto de humor, el instante en que en pleno bullicio precongresual
Juan Manuel Eguiagaray lo señala con el dedo y le espeta:
"¡Renovadores! Pero si yo he estado con ellos en mil
ejecutivas y nunca han dicho nada. Éste no ha abierto la
boca". La anécdota le sirve a su apólogo, en
este caso el periodista Julián Lacalle, para brindar al sol
con un párrafo sobre la templanza del presidente: "Pues
José Luis, que estaba sentado a su lado ni se inmutó,
con una tranquilidad pasmosa, siguió dándole a la
cuchara, mirando a su plato como si nada. Midiendo sus tiempos [sic]
y midiendo todo [¡síclope!] siguió tomando su
sopa tranquilamente." Así se escribe la sopa. El grosor
de los comentarios lo sintetiza, como si fuera un hígado,
estas palabras de la vicepresidenta, hábilmente interrogada
por De Toro por el lugar de España en el mundo: "¿De
cuando a acá había ocurrido que en un debate entre
los dos candidatos a la presidencia de la República francesa
saliera, citado por los dos, el nombre del presidente del Gobierno
español tres veces? En Francia, ¡en la France!"
[remata desde el casino provincial la vicepresidenta]. ¿Por
qué? Porque estamos liderando una posición en Europa,
porque nos están mirando". Estos incontestables datos
empíricos los utilizará luego el propio presidente
para concluir con firmeza. "Hoy en día Francia quizá
sea el país que más nos admira y nos respeta; hay
la sensación de que nos hemos instituido en referencia".
El asunto fundamental de este libro, como sin duda habrás
adivinado por la sopa, son los silencios del presidente. Es, sin
duda, el asunto al que los observadores presidenciales dedican más
páginas y más esfuerzo, y querría que esto
no te lo tomaras ni como exageración ni como metáfora.
La cosa es así, y no es de más carnes. Al parecer
el presidente no habla, sólo escucha. No sólo eso;
sino que ya ha conseguido, según propia confidencia, pensar
mientras escucha. Debo decirte, sin embargo, que a pesar de la exhaustividad
el misterio no consigue aclararse. En fin, suele suceder con los
inmortales. La prueba de su impenetrabilidad esencial está
en las últimas páginas. La diputada Chacón
dice: "José Luis es un tipo [a ver si va a ser De Toro,
el del tipo encolomado] con una atracción insuperable. Es
un tío [¡Dios mío, sí, es De Toro!] que
te sienta, que te mira fijamente. Tiene unos silencios espeluznantes".
Parecería que ésta fuese la culminación del
asunto. Su cenit. Pero la sorpresa inenarrable llega a dos páginas
del abismo final. Habla el presidente, habla y temo por el futuro
del diputado Torres, la diputada Chacón, por el propio de
la vicepresidenta. Habla va: "En política, si algo no
se dice es muy difícil verlo [sin(an)estesia, que ya es jodido].
Toda esa teoría de los silencios, que especula sobre si se
explica uno con los silencios y tal yo no la comparto (...) Hay
que decirlo. El silencio en política es autoritario."
[me mareo, querido, yo me mareo: y la pobre diputada Chacón
espeluznantemente callada].
A pesar de todo Zapatero tiene razón. Él habla. El
que más habla en este libro. A lo Montaigne, concretamente.
"Yo mismo soy la materia de mi libro". Quiá Montaigne.
¡Montaigne sólo llegó a alcalde! Y ahí
está lo que hace del libro una joya rara de la alienación
y la vanidad. Aguanta firme. "Eso que dices de que de niño
recibí alguna bendición, algún saludo, mucho
cariño, algo que en cierta medida me hizo príncipe...
Sí es verdad". "Detesto la violencia. (...) La
detesto, siempre me repugnó. Creo que es un rasgo personal".
"Nadie puede hacer política y tener éxito si
no tiene un cierto sentido del tiempo". "Es verdad que
a veces cuando escucho también estoy pensando". "No,
no soy violento. Nunca chillo, nunca echo una bronca a un subordinado.
No se me recuerda un golpe en la mesa. ¿Cómo hago
con la tensión, la frustración? La expulso conmigo
mismo, poniéndome a hacer algo. A pensar, diseñar
algo que me lleve a la conclusión de que es brillante, que
va a dar resultado". "Sí, en general tengo confianza
en mí mismo. Porque le dedico mucho más tiempo del
que parece a pensar" "Desde luego nunca he presumido de
nada, jamás me han visto presumir de que he leído
mucho de esto o lo otro". "Cuando tengo tiempo, y si no,
lo busco porque soy muy disciplinado para prescindir de las cosas
secundarias o que son aplazables, pues dedico mucho tiempo a pensar.
Suelo pensar tranquilamente. Pocas veces con un papel o con un ordenador,
porque me encanta retarme a mí mismo con la memoria, esto
sí reconozco que es un defecto [Voy a gritar]." "Yo
soy muy verbal, muy verbal. Absolutamente." "No, no es
que sea tímido, en absoluto. No me tengo por tímido.
Soy reservado, soy austero. Austero". "¿Desafíos,
que si los busco? Por supuesto. Si no, me aburriría. La vida
es un continuo ganar". "¿Un guerrero solitario...?
Sí, puedo aceptarlo. Soy guerrero en ese sentido de poner
a prueba mi valor, de buscar pruebas (...) Es verdad, procuro no
depender de la opinión de nadie". "No me cobro
venganzas. Absolutamente no. ¿Que por qué no? Pues
porque no me produce ninguna satisfacción?" "Es
curioso porque aunque aparento ser una persona fría soy muy
sensitivo". "Siempre tuve (...), siempre tuve buen cartel
como diputado. Y con los periodistas, especialmente". "Creo
que cuando hablo la gente sabe que hablo con franqueza". "Sí,
vivo en un mundo de lenguaje. Me fascina."
Dejémoslo ya. Empecé riéndome, pero he acabado
sombrío. Voy a asearme. Me pregunto qué extraña
variedad de inmunodeficiencia puede llevarle a alguien a tolerar
un libro así. Desde luego, sí creo que acertó
en algo. El poder no le ha cambiado.
Sigue con salud
A.
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