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España, 5 de noviembre e de 2007
La frase  
"El reto del columnista empieza cuando ha agotado los temas"
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columna de humo
  José Manuel Benítez Ariza responde a nuestras preguntas.
(Cádiz, 1963) es licenciado en Filología Inglesa. Es autor de las novelas La raya de tiza (Pre-Textos, Valencia, 1996) y Las islas pensativas (Pre-Textos, 2000) y de los libros de relatos La sonrisa del diablo (Renacimiento, Sevilla, 1998), El hombre del velador (col. “Calembé”, Ayto. de Cádiz, 1999), Lluvia ácida (col. Calembé, Algaida/Ayto. de Cádiz, 2004) y Sexteto de Madrid y otros cuentos (Sevilla, Hipálage, 2007). Su obra poética incluye los títulos Expreso y otros poemas (Ayuntamiento de Rota, 1988), Las amigas (Qüásyeditorial, Sevilla,1991), Cuento de invierno (Diputación de Granada, col. “Maillot amarillo”, 1992), Malos pensamientos (Renacimiento, Sevilla, 1994), Los extraños (Pre-Textos, 1998), Cuaderno de Zahara (Pre-Textos, 2002) y Cuatro nocturnos (ídem, 2004). Sus artículos están recogidos en los libros La vida imaginaria (Ediciones La Mirada, Valencia, 1999), Me enamoré de Kim Novak (Renacimiento, 2002), Columna de humo (Quórum Editores, Cádiz, 2005) y Gigantes y molinos (Sevilla, Renacimiento, 2006). Es columnista de Diario de Cádiz.
 


-¿Qué es una columna?
Una columna puede ser muchas cosas, dependiendo de quién la haga. En principio, por ocupar un espacio distinto del de la información general, se supone que ha de dedicarse a cuestiones más específicas: análisis, comentario, interpretación de las noticias, etc. En mi caso, “columna” es sinónimo de artículo literario…; entendiendo por literario, no el mero lucimiento de estilo, sino la presencia en el artículo de un elemento de expresividad personal y subjetiva que aspira a ganarse la simpatía y la complicidad de los lectores, no a través de la persuasión (porque entonces sería un sermón, o una arenga), sino a través de un tono y un punto de vista que “refresquen” el asunto comentado y abran nuevas perspectivas de interpretación… No sé si todo esto es demasiado pretencioso. También me gusta pensar que la columna “de opinión”, tal como yo la entiendo, responde a un planteamiento parecido al del relato breve escrito en primera persona: el narrador es también un personaje inventado, porque, naturalmente, en la vida real uno dista mucho de tener la seguridad, el aplomo o incluso la desfachatez que muestra en sus artículos sobre esto y aquello.

- Publiqué mi primera columna...
Publiqué mi primera columna —entendiendo como tal una colaboración en prensa acogida a un espacio más o menos fijo y reconocible, y sujeta a periodicidad en sus apariciones— en el suplemento “Citas” de Diario de Jerez, a mediados de los ochenta, por invitación de quienes lo dirigían: los escritores José Mateos y Juan Bonilla. El título genérico de la serie era “La noche de la iguana”, por mor de mis querencias cinéfilas. No recuerdo exactamente de qué trataba la primera entrega, y no creo que merezca la pena indagarlo. Sí recuerdo que la serie contaba con un personaje de ficción, un tal “Mendoza”, algo mayor que yo, al que utilizaba para ironizar sobre asuntos de actualidad literaria y cultural desde el punto de vista de un hijo del 68. “Columna de humo”, la columna que escribo actualmente para Diario de Cádiz y otros periódicos del grupo Joly, se inauguró en diciembre de 2000 con un artículo sobre las estadísticas de muertes en accidentes de tráfico, que en realidad trataba sobre la muerte a secas y sobre el azar que la rige. La verdad es que pronto procuré derivar hacia asuntos más divertidos.

- Para inspirarme...
Creo que el verdadero reto del columnista empieza cuando ha agotado todos los temas y se ve abocado a escribir “sobre casi nada”, como reza un título de Julio Camba; a veces afloran cosas sorprendentes cuando uno escribe sobre casi nada. En cuanto al estilo… Divagatorio y preciso: que el lector se deje llevar y, a la vez, se sienta seguro por la mano que lo lleva.

- Alguna columna que me haya traído problemas
Más de una, aunque la sangre nunca llegó al río. Una, sobre cierto trágico suceso acaecido en un pueblo de mi provincia en un ámbito laboral hacia el que tengo especial sensibilidad, me costó que en ese pueblo suspendieran una lectura poética mía previamente programada… Naturalmente, no podría demostrar la conexión causa-efecto entre los dos hechos, pero la secuencia fue lo bastante elocuente. En otra ocasión, un artículo en el que me declaraba, irónicamente, “afrancesado” provocó que un indignado lector indagara mi dirección particular y me hiciera llegar una encendida carta en la que reivindicaba el heroísmo de su pueblo en la lucha contra el francés en 1808… Naturalmente, con la llegada de los “blogs” y la posibilidad de alojar en ellos de manera permanente los artículos previamente publicados en periódicos, la capacidad de atraer sobre ellos la polémica ha crecido exponencialmente. Una muestra de ello puede verse en mi “blog”, en la primavera del año pasado: un artículo mío sobre educación provocó la ira de algunos lectores, que se despacharon a gusto contra este humilde columnista. Claro que, a este respecto, podría poner muchos más ejemplos de lo contrario: de artículos que han encontrado eco positivo en lectores y en lugares a los que no soñaba llegar.

- ¿A mano o a máquina?
A ordenador, por supuesto. En cuanto al impacto de internet, me atengo a lo dicho en la respuesta anterior: el eco efímero de un artículo publicado en papel, que sólo circula un día, se multiplica, como se multiplican las posibilidades de conocer las opiniones de los lectores.

- ¿Censura o autocensura?
Un columnista literario es un invitado y, como tal, está expuesto a que, en un momento dado, el anfitrión se canse de su presencia por el motivo que sea y le indique la puerta. Sé que eso es así y no le doy más vueltas. En cuanto a si hay asuntos sobre los que prefiero no escribir… pues sí: trato de evitar los asuntos proclives al sermoneo o el proselitismo, aunque no siempre lo consigo.

- El mejor columnista de España es o ha sido...
Julio Camba.

- ¿Todas las opiniones son respetables?
No. Lo que obliga a ser muy discreto con la manera de manejar las que no lo son, para no proporcionarles el prestigio añadido de haber sido perseguidas o reprimidas arbitrariamente.

- Nunca sería columnista de...
Hombre, de cualquier medio que fuera vocero de organizaciones u opiniones totalitarias. Aunque a veces ha de lidiar uno, en el columnismo y en la vida diaria, con un totalitarismo más difuso, diluido en la sociedad, y que puede llegar a ser tan pernicioso como el declarado.

- La libertad de expresión tiene como límite...
En mis artículos procuro no hacer afirmaciones gratuitas que puedan afectar a terceros. Porque, al fin y al cabo, mi opinión no tiene valor jurisdiccional. No sé si la prensa será o no el “cuarto poder”, pero lo que tengo claro es que un columnista no debe abusar del poder relativo que le proporciona disponer de una plataforma pública de expresión. Si a uno le timan en un bar, por ejemplo, no me parece elegante vengarse exponiendo el caso, con el nombre del bar en cuestión, en una columna. Claro que de esa tentación no se libran muchos columnistas avezados: el que firma la última página de El País Semanal, por ejemplo.

- ¿Cómo escribe sus columnas?
Las he escrito en todas partes y a cualquier hora. Aunque lo que me gusta es hacerlo los viernes por la tarde (salen los martes) y en mi casa.