España, lunes 14 de junio
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| La abuela Menchu |
| Por CARLOS HERRERA
El Semanal, 6 de junio de 2004 |
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Es
la peor columna de la semana porque... | |
Las batallitas de Carlos Herrera suelen resultar bastante aburridas. Esta de los
locutores es un ejemplo y la del melocotón de la semana posterior también pelea
por un lugar dentro de los dolores de columna. | Opina
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habiendo pasado unos días, no quiero olvidarme de algo, de una abuela, de
una madre de un padre, de una locutora antigua, de una forma de masticar las palabras
que ya no se estila, de un tono que se pierde porque se va con ellas. De Menchu.
De Menchu Álvarez del Valle, que es una de esas voces que siempre nos ha mecido,
que nos ha acompañado a dormir, que nos ha dado de comer, que ha ilustrado nuestras
siestas. Me gustan las locutoras de porte pasado porque son maestras de las cosas
a las que ya casi no se le dan importancia en la radio: ahora parece que no importe
que no se sepa leer, pronunciar, entonar. Ahora todo es 'decir': ¡como si ellas
no hubieran dicho! ¿Cuántas Menchus quieren como ella en España? Las tengo por
pares, en la radio valenciana, en la sevillana, en la salmantina, en la barcelonesa:
me acuerdo de las maneras elegantes de Carmen Coya en Radio Cádiz, de la sublime
categoría de Marisa Carrillo en la sevillana SER de la calle González Abreu, de
los matices inalcanzables de la barcelonesa Maruja Fernández, de la elegancia
inolvidable de María Matilde Almendros, de la más reciente e insuperable fórmula
de afecto y efecto de Carmen Pérez de Lama, con la que compartí micrófonos en
Madrid y a la que sigo queriendo como si nada. España está llena de Menchus capaces
de leer epístolas y de entusiasmar a un auditorio demasiado acostumbrado a gente
que se hace la lengua un lío y que es incapaz de matizar una sola palabra. Cuando
aquella mañana lluviosa de mayo en la que se le casaba una nieta a Menchu y ésta
surgió de un rincón para deletrear lo de San Pablo y el amor, quise ver en ella
a todas las maestras de la radio de las que estamos orgullosos de haber aprendido.
Al finalizar la lectura, se podía cortar el aire: Iñaki Gabilondo y yo, que compartíamos
banco, estuvimos a punto de levantarnos a aplaudir, porque aquellos dos minutos
de gloria venían a dejar las cosas en su sitio, en el sitio que ellas han debido
ocupar siempre. El vasco y yo nos miramos y con el simple arqueo de una ceja nos
entendimos. De repente era como si con ella hubieran subido todas, Isabelita Quesada,
Carmen Torres, Pepita Tamayo, Manoli Campo, Matilde Conesa, Marisol del Valle,
arracimadas, y hubiesen puesto el listón en su altura, inalcanzable para muchos.
La plaza estaba llena y el toro no era despreciable, millones de personas ahí
delante, gente, alguna siempre hay, con ganas de que un pitón te quite del sitio,
y contra todo eso, el aplomo de viejo torero de quien lleva leyendo epístolas
durante media vida en la radio de Oviedo.
No ha sido infrecuente el
intento de hacer del término 'locutor' una antigualla desgastable. Yo me siento
muy orgulloso de utilizarlo en mis programas porque me recuerda a los grandes
maestros de la palabra, a los magos de la comunicación. Ahora que somos todos
'comunicadores' pienso en lo que nos queda de locutores, que es muy poco, desgraciadamente,
y envidio un tiempo en el que los acentos estaban donde tenían que estar, las
entonaciones sonaban con la intención debida y la elegancia era una forma de ser,
una forma de hablar. Menchu, la profesora Menchu, me ha devuelto, sin saberlo,
el orgullo del oficio, el de pertenecer en humilde medida a una larga lista de
hombres y mujeres que han moldeado el aire con un cincel musculoso, consiguiendo
las más bellas esculturas de sonido y emocionando a auditorios entregados. |
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