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| Profesores |
| Por JUAN JOSÉ MILLÁS
El País, 18 de junio de 2004 |
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Es
la peor columna de la semana porque... | |
El primer párrafo casi no es suyo, pero el resto tampoco termina de levantar el
vuelo. Uno de los textos más decepcionantes de Millás de las últimas semanas.
Los buenos también tienen tropezones. Y por eso, cuando caen, parece que canta
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profesor de instituto publicó el domingo pasado en este periódico una carta al
director en la que solicitaba irónicamente el perdón de todos nosotros por "haber
malgastado mi vida estudiando una carrera, haciendo un doctorado y preparando
una oposición mientras los demás se labraban un porvenir". Emilio Garoz, tal era
su nombre, se disculpaba también por no haberse dado cuenta de que los institutos
"no son lugares donde se va a prender, sino guarderías, y que mi función no consiste
en enseñar, sino en cuidar a los hijos de todos aquellos que sí realizan un trabajo
productivo y provechoso para la sociedad". La lista de "faltas" incluía la de
no aprobar gratuitamente a los alumnos,. Así como la de "no saber aguantar el
desprecio, la humillación y el insulto diario". Concluía pidiendo excusas "por
no haber sabido aceptar humildemente mi situación de desprestigio social; por
no haber sabido aceptar que soy un parásito, un ciudadano de segunda, un desecho
social…". La carta, como ven, era en realidad un espejo.
No conozco a
Emilio Garzo, pero me temo que está al borde de la depresión, la enfermedad más
extendida entre los enseñantes. Muchas veces, tratando de comprender la situación
de los profesores, los imagino abandonados en un territorio hostil del que todo
el mundo ha desertado. Desautorizados por las familias, mal pagados por el Estado,
despreciados u odiados por los estudiantes, se les pide que no molesten, que fijan
que todo marcha bien, para no alterar las rutinas de los padres, de los subsecretarios
o de los mismos alumnos, ocupados en cosas más serias que la de atender las demandas
de esa panda de idiotas. ¿Pero qué se puede esperar, en fin, de alguien que ha
decidido dedicar su vida a la docencia?
Si algún joven expresara en casa
el deseo de ser maestro, los padres correrían con él al psicólogo para ver qué
rayos le ocurría a ese chico en la cabeza. Quiere decirse que hemos delegado la
tarea de construir el porvenir en unos profesionales que sólo merecen nuestro
desprecio. Realmente estamos locos de atar. La carta de Garoz era el grito desesperado
de quien ha perdido ya toda esperanza. El problema es que con sus esperanzas de
va al cuerno el futuro. | |