Con
la nueva edición de Gran Hermano penetra en nuestras casas otro grupo compuesto
por criaturas rematadamente absurdas. Para hallarlas tan absurdas, la productora
ha tenido que expurgar entre decenas de candidatos, pero al fin, y como en entregas
anteriores, el trabajo de búsqueda y selección ha sido coronado por el éxito.
Al rebufo algo tardío de la moda-Beckham, GH propone para este
curso a un par de metrosexuales a la española, dos pobres ególatras, dos narcisos,
dos espasmódicos consumidores de carne femenina. También muy al aire de los tiempos,
a una ex legionaria a la que no conseguirían sedar ni con treinta años de balneario
y tisanas; a una chica poco agraciada en general y a un grupo de figurantes, chicos
y chicas, con la misma pulsión desesperada: encontrasr el modo, fácil a ser posible,
de buscarse la vida. Pero la estrella del concurso, es una criatura que deja manca
a la propia Aída Nizar: Nicky. Pero, ¿qué es Nicky? Él (o ella)
no lo sabe, pero nosotros sí: un ser obstuso, abismal e insoportable que para
que le gahan caso ha tenido la ocurrencia de hacerse pasar por transexual.
Todos
los concursantes de GH necesitan convulsamente, en realidad, que les hagan algún
caso, y unos se meten en la Legión, otros chillan y otros se machacan el cuerpo,
pero sus personalidades son irrelevantes, vacías, lisas, GH es su única y trágica
oportunidad.