En
el principio fue la estera, la alfombra y el almohadón. Todavía hoy muchas porciones
del mapa terrestre cuyos habitantes se sientan o se apoya sobre el suelo, en todo
caso aislados por esos someros elementos. La decisión de alzarse del suelo y sentarse
sobre una silla tardó milenios en implantarse. Durante mucho tiempo, la silla
fue un elemento destinado a la realeza, a las clases nobiliarias o a ciertas profesiones
(jueces, médicos, sacerdotes, etcétera). Todavía decimos hoy «catedrático», esto
es, la persona que se sienta sobre una cátedra o silla. Si quisiéramos definir
culturalmente ese conjunto que llamamos «mundo occidental», un criterio visual
muy claro sería el de la silla.
La mayor parte de los habitantes de ese
mundo utilizan normalmente sillas (sillones o sofás) para sentarse. No es tanto
un resultado del desarrollo económico como de la tradición cultural. Muchos japoneses
se sientan cómodamente sobre esteras en posturas que para un occidental serían
insufribles. Por cierto, en la universidad actual veo que muchos estudiantes se
sientan sobre el suelo con toda naturalidad. Es un caso notable de regresión cultural.
Un elemento intermedio entre la estera y la silla ha sido el banco o el
taburete. Han perdurado hasta hoy mismo, pero más con un criterio de decoración
popular. Todavía en algunos juicios se destina un «banquillo» para que se siente
el procesado, mientras que los letrados ocupan sillas y poltronas, a veces de
un anticuado estilo.
La silla como liberación se muestra simbólicamente
en la famosa «Ley de la silla» de principios del siglo XIX en España. Representa
el comienzo de lo que cuarenta años después se llamaría «Estado de bienestar».
La citada ley obligaba a que, en los establecimientos comerciales donde trabajaban
mujeres, se dispusiera de una silla para que las dependientas pudieran reposar
de vez en cuando. Aquellos patricios previsores pensaban sobre todo en los días
en que la mujer estaba con el periodo. Hay que descubrirse.
Curiosamente,
el banco corrido se ha conservado más tiempo en las iglesias y en los centros
escolares; en cambio, prácticamente desapareció de los restaurantes. Se vuelve
al banco corrido en las sidrerías de nueva planta, que lo valoran como un artefacto
de diseño tradicional.
Lo fundamental de una silla –frente a otras formas
de sentarse– es que la espalda se apoye por completo. Es una forma muy conveniente
para la salud. Sin embargo, son pocas las sillas actuales que cumplen esa condición.
Sólo quedan sillas con respaldo completo –desde el cogote a la rabadilla– en las
piezas de diseño. Por lo menos debería asegurarse que las sillas permitieran el
apoyo de la columna vertebral. Me temo que los actuales fabricantes de muebles
no están por la labor. Es una lástima.