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España, lunes 27 de septiembre de 2004

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Elogio a la silla

Por AMANDO DE MIGUEL
La Razón, 19 de septiembre de 2004

Es la peor columna de la semana porque...
En fin. Sobran las palabras, nunca mejor dicho.
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En el principio fue la estera, la alfombra y el almohadón. Todavía hoy muchas porciones del mapa terrestre cuyos habitantes se sientan o se apoya sobre el suelo, en todo caso aislados por esos someros elementos. La decisión de alzarse del suelo y sentarse sobre una silla tardó milenios en implantarse. Durante mucho tiempo, la silla fue un elemento destinado a la realeza, a las clases nobiliarias o a ciertas profesiones (jueces, médicos, sacerdotes, etcétera). Todavía decimos hoy «catedrático», esto es, la persona que se sienta sobre una cátedra o silla. Si quisiéramos definir culturalmente ese conjunto que llamamos «mundo occidental», un criterio visual muy claro sería el de la silla.

La mayor parte de los habitantes de ese mundo utilizan normalmente sillas (sillones o sofás) para sentarse. No es tanto un resultado del desarrollo económico como de la tradición cultural. Muchos japoneses se sientan cómodamente sobre esteras en posturas que para un occidental serían insufribles. Por cierto, en la universidad actual veo que muchos estudiantes se sientan sobre el suelo con toda naturalidad. Es un caso notable de regresión cultural.

Un elemento intermedio entre la estera y la silla ha sido el banco o el taburete. Han perdurado hasta hoy mismo, pero más con un criterio de decoración popular. Todavía en algunos juicios se destina un «banquillo» para que se siente el procesado, mientras que los letrados ocupan sillas y poltronas, a veces de un anticuado estilo.

La silla como liberación se muestra simbólicamente en la famosa «Ley de la silla» de principios del siglo XIX en España. Representa el comienzo de lo que cuarenta años después se llamaría «Estado de bienestar». La citada ley obligaba a que, en los establecimientos comerciales donde trabajaban mujeres, se dispusiera de una silla para que las dependientas pudieran reposar de vez en cuando. Aquellos patricios previsores pensaban sobre todo en los días en que la mujer estaba con el periodo. Hay que descubrirse.

Curiosamente, el banco corrido se ha conservado más tiempo en las iglesias y en los centros escolares; en cambio, prácticamente desapareció de los restaurantes. Se vuelve al banco corrido en las sidrerías de nueva planta, que lo valoran como un artefacto de diseño tradicional.

Lo fundamental de una silla –frente a otras formas de sentarse– es que la espalda se apoye por completo. Es una forma muy conveniente para la salud. Sin embargo, son pocas las sillas actuales que cumplen esa condición. Sólo quedan sillas con respaldo completo –desde el cogote a la rabadilla– en las piezas de diseño. Por lo menos debería asegurarse que las sillas permitieran el apoyo de la columna vertebral. Me temo que los actuales fabricantes de muebles no están por la labor. Es una lástima.