Está
el norte de Africa invadido por langostas, que ya han llegado a Canarias y no
se sabe si van a animarse también a cruzar el Estrecho y presentarse en Andalucía,
cubriendo con sus nubes las pateras y a lo mejor hasta sirviendo de alimento a
naúfragos e inmigrantes que no tienen que echarse a la boca, pues sabido es y
se reconoce entre gastrónomos que este tipo de himenópteros dispone de carne consistente
y jugosa que bien aderezada, si no puede competir con el palinuro marino del mismo
nombre, no desmerece en su textura frente a la gamba o el langostino de importación
y origen lejano que solemos saborear con fruición en las tabernas y que ocuparán
lugar de honor en nuestras mesas estas navidades.
En cualquier caso,
ahí viene la plaga, con todo su poder simbólico de evocaciones bíblicas, confundida
en este invierno primaveral entre los zumbidos extraviados del calentamiento planetario,
como si perdiera el rumbo en búsqueda de plantaciones y riquezas en latitudes
prometedoras fuera de temporada, sin encontrar más que la recompensa del insecticida
y alguna que otra lechuga mustia en la ensalada de los chiringuitos a punto de
cerrar, donde todavía puede que algún turista despistado pueda acabar comiéndose
algunos de estos bichos aderezados al ajillo.
Bien mirado, una vez que
en España ya no llega la plaga turística, que prefiere otros destinos después
de haber sido más que fumigada por los abusos de los hosteleros, que nos llueva
la langosta incluso puede ser considerado una bendición, en cuanto los cocineros
avispados la sepan vender como delicia exótica en sus diferentes preparaciones,
y los agricultores la aprovechen como motivo para pedir más ayudas al gobierno,
en esas manifestaciones madrileñas donde luego acuden con sus pegatinas a comer
en Lhardy.
Por ahora los canarios, a los que todavía no les ha crecido
la plaga nacionalista para discutir si el guanche es o no lengua europea, se tienen
que conformar con estas invasiones africanas que habrá que zamparse con mojo ante
el olvido peninsular. Mientras las langostas atacan despendoladas el tabaco, sin
importarles las recomendaciones sanitarias para su salud.