Sócrates
fue de la fama a la cicuta. Ramona Maneiro, de la cicuta a la fama. La
otra medianoche comparecía en '59 segundos' para participar en un debate sobre
la eutanasia. En líneas generales, fue un espectáculo bastante deplorable. Para
empezar, uno no puede organizar un debate en torno a la actitud de una persona,
llevar a la susodicha persona en carne mortal y, sin embargo, pretender que el
debate no se convierta en un juicio a la protagonista. Porque, además, la propia
Ramona Maneiro no hizo otra cosa en todo el debate que interpretar el papel de
acusada que recusa a sus jueces, traduciendo en primera persona todos los argumentos
que los contertulios enunciaban en tono impersonal.
Ocurre además que
la señora Maneiro no parece gozar de ese tipo de temperamento que facilita el
debate: crispada y con evidentes lagunas de formación, sus intervenciones parecían
más propias de 'Crónicas marcianas' que de '59 segundos', y el estilo del rifirrafe
contagió a los propios participantes.
En la deriva querellosa del tumulto
jugó un papel importante el público que llenaba el graderío, que parecía seleccionado
para convertir a la Maneiro en heroína nacional. Este del público, por cierto,
es un punto flaco que '59 segundos' debería resolver. De entrada, es dudoso que
un debate gane con la presencia de un público que interviene con sus aplausos
o sus abucheos. Pero si se opta por tal fórmula, es decir, si se otorga voz al
público, aunque sea bajo la forma de ruido, entonces habrá que garantizar que
la composición del público refleja la misma pluralidad que la composición de la
mesa. Porque, de lo contrario, el espectador se lleva la impresión de que un par
de centenares de 'hooligans' son quienes deciden la verdad y la mentira con el
efecto intimidatorio de su estrépito. Más allá de todo esto: ¿De verdad hay razones
para convertir a Ramona Maneiro en una voz que la sociedad debe no sólo escuchar,
sino también aplaudir?