España, lunes 7 de febrero
de 2005 | ::
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| Rajoy, sí |
| Por FRANCISCO UMBRAL
El Mundo, 3 de febrero de 2005 |
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Es
la peor columna de la semana porque... | |
Por anti.recomendación de Emilio J. B. lanzamos a la piscina esta columna de Francisco
Umbral "Panegírico descacharrante, disparatado, delirante. De vergüenza ajena.
¿Alguien ha lobotomizado a Umbral? Ni el Cervantes de Pilar del Castle parece
suficiente motivo. Para leer en grupo y echarse unas risas" | Opina
en el foro | | | Quienes
se vienen quejando de que la movida del martes en las Cortes era inútil, improvisada
y equivocada, no reparan en que esta sesión gratuita, efectivamente, sirvió para
revelarnos una vez más a un político excepcional, clásico, fulminante y elegantísimo
en sus faltas de respeto, correctísimo en sus incorrecciones. Rajoy, sí.
Una
de las carencias políticas de este pueblo español es la incapacidad para descubrir
prontamente, anticipadamente, al joven maldito de la política, al poeta maldito
de la oratoria. Somos gente de nombres y apellidos, elegimos por individuos y
no por partidos. No digo que eso sea malo, pero nos impide, por ejemplo, reconocer
que hay un talento en uno del PP. La movida Ibarretxe ha servido, involuntariamente,
para ratificar- nos en Rajoy, que es como de la vieja escuela parlamentaria, o
sea la más moderna. El presidente Zapatero había descendido de su gloria democrática
para hacer una alocución que no distingue entre el parlamento dialéctico a primera
sangre y la conferencia universitaria, distante y moderada.
Rajoy sí que
sabe lo que es una intervención parlamentaria según nuestro modelo más reciente:
la II República Española, aquella República habitada de hombres inteligentes a
derecha e izquierda, de oradores rápidos, sa- gaces y enterados, con Manuel Azaña
capitaneando todo el caos. Allí nacía la España moderna que los africanistas y
los generales de Franco abolieron de golpe fusilando a García Lorca.
Don
Mariano Rajoy, sin duda, hizo no sólo el mejor discurso de la tarde sino el mejor
discurso de su vida. Digamos que se puso en republicano liberal y madrileño, dispuesto
a decirlo todo como convenía, y también como le convenía a él. En el presidente
Zapatero se veía el progresivo desaliento, la sorpresa y un poco de esa decepción
inversa que consiste en constatar la superioridad no ya del enemigo sino del amigo.
Ibarretxe anda diciendo que lo de los dos líderes estaba pactado. Puede ser, pero
desde luego no estaba pactado el discurso de Rajoy, raudo y erudito, frente al
discurso amortiguador, aburrido y aplaciente de ZP.
Entre la didáctica
parlamentaria, provinciana e irritada de señores y señoritas que siguen hablando
desde su provincia, Rajoy vino a demostrarnos que sólo un presidente puede permitirse
la tardanza, la asignatura y hasta el aburrimiento, pero el pueblo, cuando consigue
una butaca en las Cortes, tiene que hablar desde esa butaca, seguramente ilustre,
y no desde el butacón tedioso y adormecido del Casino de su pueblo. Rajoy quizá
inició el martes su carrera política en serio.
Es un hombre desganado,
un político con spleen, de modo que necesita estos trances para espabilar sus
ojos de diablo, su voz más profunda y sus verdades sobre el antagonista. Cuando
Rajoy se levanta a hablar no de un problema sino de un señor, a ese señor lo tiene
ya fusilado, lo deja para el arrastre y nos revela que aquello, efectivamente,
era una corrida de toros donde el matador salía a matar. No tenemos plan ni Ibarretxe
ni coñas.
Quizá no tenemos, casi, ni siquiera presidente, pero tenemos
un hombre que puede serlo en seguida y que a todos nos hizo pensar en unas elecciones
generales. Ibarretxe venía con su paquetito de trampas atado y bien atado, pero
Rajoy abrió a patadas las puertas del Congreso, dejó sueltos a los leones y entonces
entró el aire libre, libérrimo, de la calle. | |