España, lunes 14 de febrero
de 2005 | ::
Inicio >> Dolor
de columna >> Columna |
|
| El ruido y la música |
| Por MARUJA TORRES
EPS, 13 de febrero de 2005 |
|
 |
Es
la peor columna de la semana porque... | |
Manuel Vicent y Maruja Torres coincidieron el domingo en hablar de silencio. Lea
y compare. | Opina
en el foro | | | Sostiene
Daniel Barenboim que el sonido es efímero y que tiene una relación muy concreta
con el silencio: “Del mismo modo que los objetos son atraídos al suelo, también
los sonidos son atraídos al silencio, y viceversa”. Naturalmente, el ilustre pianista
y conductor de orquesta habla de sonidos nobles. Notas musicales que componen
movimientos; que dan forma a tercetos, pavanas, sinfonías, conciertos, arias,
dúos, coros, oberturas. Nocturnos, cuartetos, sextetos, concertantes, solos. Puede
que el silencio sea lo bastante fuerte para atraer hacia sí a las notas musicales,
abrir su bocaza y sepultarlas momentáneamente, hasta que aparece de nuevo la intrusa,
la milagrosa, la prodigiosa interpretación: un sostenido acorde de violín, el
enérgico hundimiento de una tecla que retumba como una voz del alma. Pero el silencio
no tiene nada que hacer contra el ruido. Los ruidos desafían al silencio, que,
asombrado ante tantísimo morro, trata de atraerlos para imponerse al menos durante
un tiempo razonable, al menos para poder disfrutar de su victoria y brindar por
los viejos tiempos.
Los ruidos, tal como hoy son puestos en práctica e
incluso reverenciados, han ganado la batalla física al silencio, la guerra material.
Y el silencio nos queda como metáfora literaria: “El resto es silencio”, por ejemplo.
No, si hubiera un resto de silencio en alguna parte, yo no estaría aquí escribiendo
emparedada entre los rugidos del tráfico, al otro lado de mi balcón, y los aullidos
del caos, que se da cita en la galería posterior, donde cada cual hace su obra
y pega sus alaridos; ni tendría que aguantar que lleguen hasta mí los nada sutiles
preparativos de los cafés, bares y restaurantes de los alrededores. Es decir,
arrastrar de sillas metálicas con sus chirridos invencibles; entrechocar de platos
y vasos. Y los portazos de la ciudadanía. Si hubiera silencio, yo saldría a buscarlo
y le haría serias proposiciones. Quédese conmigo, Señor Silencio. Venga a visitarme
de cuando en cuando. Los desafinados de la caótica cotidianidad serían más llevaderos,
si mantengo la esperanza de sus esporádicas comparecencias.
Entretanto,
dejaré de acariciar con el máximo cuidado las teclas de mi ordenador y me pondré
a aporrearlas severamente, no sea que mis semejantes vayan a tomarme por imbécil,
o, lo que es peor, vayan a pensar que soy diferente, que algo habré hecho, que
mi falta de predisposición a arrastrar muebles o a taconear no es sino una reprobable
muestra de que no comulgo con los planteamientos generales de la humana comunidad.
Tal vez poblamos el silencio de ruidos que inventamos cada día (y con
los que mantenemos una especie de lanzamiento de equilibristas, como si jugáramos
con ellos haciendo figuras en el aire) en la creencia de que si nos detenemos,
si nos escuchamos, el mundo se volatilizará. Y que una catástrofe peor que la
de oírnos demasiado, la de saber quiénes somos, nos empujará a la inseguridad
y el desconsuelo.
Con todos mis respetos para el maestro Barenboim, creo
que su frase puede aplicarse hoy al silencio: “Del mismo modo que los objetos
son atraídos hacia el suelo (escribo yo, corrigiéndole modestamente), también
los silencios son atraídos hacia el estado general de ruido, y no hay viceversa
posible”. Por ello, algunas personas como yo hemos decidido que la música es el
único silencio al que tenemos acceso y, con la ayuda de auriculares sin cables
(o los preciosos mini Bang & Olufsen que se agarran a mis orejas y me transmiten
los temas acumulados en la inmensa discoteca de mi MP10), intentamos pasar por
esta vida con el mínimo sobresalto posible.
Cierto que ello no soluciona
nada, pero serena mucho. Naturalmente, como una no es ajena ni extraña a su entorno,
esporádicamente la furia sonora penetra en mi guarida fetal, interrumpiendo, pongamos,
el laúd bagdadí de Naseer Shamma, o al propio Barenboim, en su briosa dirección
del Réquiem de Verdi). Pero enseguida vuelvo a la música pegada al tímpano. Es
decir, al silencio posible, en un tiempo de ruidos frenéticos. | |