España, lunes 28 de marzo
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| El vencejito madrugador |
| Por ANTONIO BURGOS
ABC, 23 de marzo de 2005 |
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Es
la peor columna de la semana porque... | |
Estas cosas no tienen perdón ni siquiera en mitad de la sequía de Semana Santa.
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esta luz empezaba a ir a cuerpo, entonándose para darnos el cante de la primavera,
dije: «Vencejos del atardecer: sabed que hay una ciudad que os espera para tener
la certeza de que es ella misma.» Ya están aquí los vencejos. Han venido y todos
saben cómo ha sido. Heraldos de estas tardes en que creemos que existe la ciudad
soñada. Diferenciarlos de las golondrinas es tan fácil como distinguir el Rute
del Cazalla o el hojiblanca del picual: cuestión de paladar.
De saber
verlos llegar. Hay por mi tierra torres miradores para ver los barcos venir y
azoteas para ver los vencejos llegar. Volver. En la plaza de México, a los toreros
que se retiran les tocan «La Golondrina». En nuestra tierra, los vencejos le tocan
la música de su zigzagueante vuelo a la primavera que debuta en el ruedo de la
luz de un gozo. ¡Música, maestro, música del cielo, maestros vencejos!
Los
amantes de la belleza saben cómo llega la primavera: en las alas de un vencejo.
Desde Ronda, Juan Luis Muñoz Roldán nos da el parte de la victoria: «Hoy
ha llegado el primer vencejo a Ronda. Lo he visto poco después de amanecer sobre
la ciudad.
Por la tarde he visto el primer bando sobrevolando la Hoya
del Tajo. Era un pequeño bando silencioso que empezaba a ocupar su espacio aéreo
y sus lugares de cría en el Tajo.» En Zaragoza, la pintora Cristina Remacha
también ve llegar a los vencejos que en su vuelo continuo derrotan con un
quiebro a los fríos del Moncayo.
El año pasado se encontró una mañana
en la calle un polluelo de vencejo que no podía alzar el vuelo. Milagrosamente
no lo había pillado ningún coche. Creyó al principio que era una golondrina caída
de su nido de barro y alero. Los pintores tienen paladar cromático, y su color
le dijo al punto que vencejo era.
Un vencejito chico, abandonado, enfermo.
Un mínimo temor de muerte en el envolvente esplendor de vida de la primavera.
Cristina sabía que los vencejos son incapaces de remontar el vuelo desde el suelo.
Los que símbolo del cielo son, en el suelo se mueren de tristeza. Se llevó el
vencejito a su estudio. Lo cuidó y alimentó entre lienzos y tubos de pintura.
Hasta que vio que iba sabiendo trepar, que había conseguido alejar la pequeña
muerte de aquel trozo de vida en blanco y negro: se había ganado, con su vida,
la libertad que todos los vencejos y algunos hombres sostenemos que son una y
la misma cosa.
Y Cristina cogió al vencejito entre sus manos para hacerlo
liberto. Se lo llevó a un parque. Lo lanzó al cielo con toda la fuerza y todo
el dolor de un adiós. El vencejito revoloteó tras una duda. Se perdió decidido
en la cercana lejanía de la libertad. Mientras, Cristina pensó:
- Te pintaré...
Lo pintó. Ahora he visto su cuadro. Una mujer de blanco, vestida de cielo,
sobre un fondo de la color de la tierra, extiende su mano y desde ella alza el
vuelo de la libertad la geometría de sueños del vencejo. Ayer reconocí a tu vencejo,
oh Cristina que lo salvaste. Seguramente tu vencejo liberto, en vuestra tierra,
oyó hablar de la mía a un aragonés con sensibilidad y paladar: a Manuel Cisneros,
que fue más quijote que escudero de un faraón.
Tanto le contaría sobre
su querida y lejana Sevilla, que tu pintado vencejo, Cristina, se dijo que de
este año no pasaba de venir a conocerla, tras el largo viaje del invierno, en
su vuelo de la libertad. Así ha sido. Lo vi por donde Bécquer y Montesinos: quiero
decir, por San Lorenzo. El vencejo libre estaba cerca de las atadas manos de Quien
todo lo puede. Me dijo que se había venido con tiempo, para coger sitio.
Tu
pintado vencejo liberto, Cristina, proclamación de la vida y de la libertad, besaba
con su sonido esas atadas manos. Se ha venido tan pronto porque quiere ser el
primero que le quite las espinas al Señor cuando el Viernes Santo quiebre albores.
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