España, lunes 25 de abril
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| Ramón Jones o Indiana Mesa
| | Por
CARLOS HERRERA El semanal, 13 de abril
de 2005 | |
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Es
la peor columna de la semana... | |
¿Por qué será que Carlos Herrera nunca defrauda? Esta semana, tampoco.
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en el foro | | | Tengo
dicho por alguna parte que Ramón Mesa es lo más parecido que conozco a Indiana
Jones, el muchacho aquel que se iba de lío en lío hasta la victoria final y que
abandonaba la cómoda vida que le deparaba su ciudad natal para encaminarse al
fin del mundo en busca de un arca o de un grial. Algo bastante más recortado que
Harrison Ford, Ramón hizo exactamente lo contrario que se espera de todo aquel
que empieza a ser camarero en su pueblo: en lugar de quedarse por la fértil provincia
de Granada o instalarse en la Ibiza de sus primeros pasos profesionales, se marchó
a Hungría, que es el sitio más raro que se me antoja para abrirse camino poniendo
cafés. Uno se imagina de meritorio y piensa en Marbella, en Torremolinos, en Fuengirola,
en la Costa Brava o en cualquier rincón balear, pero no en la centroeuropa leñera
de entonces. Lo hizo y, no contento con la experiencia, saltó a los pocos meses
a los Estados Unidos de América a servir las mesas de la cadena Sheraton y a olvidar
el poco idioma húngaro que había aprendido y a cambiarlo por el inglés urgente
de «póngame un cortado» o «hágame un poco más la hamburguesa hasta que parezca
una suela de zapato». Algo le vieron los de esa empresa que le confiaron la puesta
en marcha de varios de sus establecimientos en las Américas y que le acabaron
enviando a Montecarlo, donde anduvo un par de años confundiéndose con el paisaje
y tomando nota de todo lo que veía.
A la vuelta de tal aventura surrealista,
le esperaba el territorio marbellí, abierto siempre a aquellos que quieren trabajar
y ganar dinero en la misma medida que lo proporcionan. Un día, comprándole peces
a un pescador artesano, escuchó decir a éste mientras negociaba el precio de lo
que aquella barca había escarbado en las aguas malagueñas: «Ni pa ti, ni pa mí,
tanto por toda la pesquera». Le gustó aquella fórmula y la adoptó para el primer
chiringuito que había conseguido abrir con los ahorros que se había agenciado
en sus excursiones por el mundo. De la nada en su pueblo a los dieciséis restaurantes
actualmente abiertos con ese nombre, La Pesquera, pasaron unos cuantos años buscando
el grial definitivo. Seguramente ustedes, si frecuentan la zona, se habrán convertido
en clientes de los varios y distintos restaurantes que Ramón ha ido abriendo tramo
a tramo: no hay hectárea de la Costa del Sol que no contemple el asentamiento
de un negocio floreciente en el que sus trabajadores le frían o le guisen pescado,
le corten jamón o le hagan un arroz marinero más que decente. Cada duro que ganaba,
lo invertía al día siguiente. En eso es como Indiana Jones. Yo, de haber encontrado
la fórmula perfecta de un negocio impersonal y fructífero, me hubiera conformado
con uno de ellos y me hubiese dedicado a ir a la playa; pero yo no soy un empresario
y soy absolutamente incapaz de crear riqueza. Ramón, sí. Ese tipo de personajes
que arrancan de cero y consiguen todo gracias a trabajar como cabrones y a tener
los pies en el suelo no suelen pararse en barras.
Por si tenía poco con
dar de comer al año a cerca de un millón de personas, que se dice pronto, ha cogido
sus beneficios y se la ha vuelto a jugar en el sitio en el que más puedes ganar,
pero en el que también más puedes perder: Madrid. «¿Qué necesidad de meterte en
este lío, Ramón?», le pregunté la tarde que me enseñó con la ilusión de un niño
chico el castillo fascinante que ha montado en la Casa de Campo y en el que ha
soltado todo lo que ha ganado durante años de talento y esfuerzo: creo que encogió
los hombros y me dio a entender que los buenos son aquellos que se arriesgan y
que no se quedan quietos. Sólo por eso y por el delicioso espeto de sardinas que
prepara en su barca varada merece la pena dejarse ver por ahí. Cuando conozcan
a este sujeto, se darán cuenta de que el mundo sigue siendo de los aventureros.
Aunque en vez de Indiana se llamen Ramón. | |