info@pulevasalud.com
España, lunes 2 de mayo de 2005

:: Inicio >> Dolor de columna >> Columna

Tiempo para conversar y aprender

Por JOSEP MARIA ESPINÀS
El Periódico, 1 de mayo de 2005

Es la peor columna de la semana porque...
La anécdota, cuando se queda en anécdota y no es una anécdota reseñable, es solo humo. Y ni eso.
Opina en el foro
Hace unos días, estando en Mallorca, se me acercó un señor con una barba luminosa y unos ojos vivaces. En la mano llevaba una pipa. "Tome". Sorprendido, miro la pipa y leo en ella: Bonet.
--¡Usted es Bonet de ses Pipes!

Le agradecí el regalo. ¿Cuántos años hacía que no nos habíamos visto? Lo conocí cuando lo entrevisté para TV-3 en el programa Personal i intransferible. Entonces me explicó la historia de alguien --su padre, creo-- que había sido perseguido y que, en la cárcel, se entretenía cortando pipas con cualquier madera que tuviera a mano.

Le cogió afición y cuando recuperó la libertad montó un pequeño taller. Hoy, las pipas de Bonet son de las mejores que he fumado. Su producción es pequeña y valorada en muchos países.

Reencontrar a Bonet de ses Pipes me ha hecho recordar ese programa en el que conversaba durante una hora con gente desconocida. ¡Cuántas cosas aprendí --espero que algunos espectadores también-- de ese pescador, de esas hermanas ciegas, del sepulturero de Berga, de tanta gente anónima con una vida tan propia! Ahora recuerdo esa emoción, que se reproduce en los viajes a pie, del descubrimiento de la diversidad que se esconde bajo una apariencia más o menos estándar. Los tópicos se desmontan con la conversación lenta, confiada.

Alguien, en televisión, me decía que sólo echaba en falta que las primeras preguntas fueran más mordaces. ¿Por qué? ¿Para que aquellas personas, sin experiencia televisiva, se sintieran de entrada aun más incómodas? No, los primeros minutos los dedicaba, adrede, a preguntarles por la familia, su pueblo, cosas que sabían y que respondían sin miedo. Había que darles tiempo para que se oyeran a sí mismos hablando, sin problemas, tranquilizados. Y entonces ya era fácil que quisieran explicarme su vida.

Ahora me doy cuenta de que yo era un anticuado: no quería tensiones ni golpes de efecto. Me gustaba escuchar. ¡Qué gran espectáculo, el de la conversación!