Por ROSA MONTERO
El País, martes 3 de mayo de 2005
Es
la peor columna de la semana porque...
Últimamente Montero está muy por debajo de lo que se podría esperar de ella. Sobre
todo cuando uno lee 'La loca de la casa' y espera en sus columnas algún destello
que recuerde esa maravilla.
Corren
malos tiempos para el mito amoroso. En las últimas semanas han caído dos altas
torres de la eternidad sentimental, a saber: se han separado David Bisbal y Chenoa,
tras tres años de relación, y se han divorciado Brad Pitt y Jennifer Aniston,
tras cinco años de matrimonio. Hoy tengo ganas de escribir de algo frívolo, a
saber, del amor, que es esa menudencia por la cual la mayoría de los seres humanos
hemos sentido alguna vez ganas de morirnos. Y es que la pasión amorosa es un movimiento
del alma tan extraño que solemos recordar con más agudeza los dolores sentimentales
que los éxtasis. Los desamores se nos graban como un tatuaje en la memoria, mientras
que las etapas de dicha tienden a desteñirse y emborronarse, hasta el punto de
que a veces nos topamos con el otro o la otra por quien algún día perdimos la
cabeza y no conseguimos recordar qué diantres le veíamos. De hecho, con el tiempo
solemos creer que nuestros amores más intensos son aquellos en los que más hemos
sufrido, cuando es muy probable que, en lo real, no fuera así.
Estamos
en la estación de los amores, esto es, en la primera embestida de los calores
primaverales, que ponen la sangre tan espesa y ardiente como la lava y provocan
toda una pirotecnia de feromonas. Como cuenta Luisgé Martín en su estupendo libro
Los amores confiados, estudios realizados en los años noventa en una universidad
norteamericana parecen demostrar que el deseo erótico desaparece al cabo de tres
años de convivencia. Sé de otras investigaciones que hablan de cinco años, que
es el periodo necesario para que la cría de los humanos adquiera cierta autonomía.
Luego hay parejas afortunadas que consiguen seguir amándose de otro modo: tal
vez más profundo, pero distinto. Y no todo el mundo es capaz de amar así, en la
perseverancia del cariño: hay personas tan apasionadas que siempre sentirán la
añoranza de la droga amorosa, del subidón frenético. Y lo que los investigadores
no nos dicen es qué se puede hacer una vez que se acaba el amor eterno. De ahí
las infinitas chapuzas sentimentales: rupturas repetitivas, convivencias tediosas,
triángulos, cuadrángulos e infidelidades. Sálvese quien pueda. Qué lío esto de
amarse.