El Banco de España viene advirtiendo desde hace tiempo de los dos grandes riesgos
que amenazan a la economía española, que se encuentra sin embargo en una fase
de llamativa bonanza, y ahora ha resumido su posición en el informe anual, recién
publicado. De un lado, nos asedia la alta deuda familiar, producto del desaforado
precio de la vivienda, que por añadidura está sobrevalorada entre el 24% y el
35%, y, de otro lado, debería preocuparnos la pérdida paulatina y constante de
la competitividad, debida en buena parte al diferencial de inflación, que es crónico
y que se ha ampliado en los últimos meses porque aquí ha sido mayor el efecto
de la elevación de los precios del petróleo.
Aquel endeudamiento excesivo,
que ha reducido prácticamente a cero el colchón del ahorro familiar, podría provocar
una contracción en el gasto de los hogares -el consumo interno es actualmente
el principal motor económico- si la coyuntura empeorase; y la baja competitividad
seguirá deteriorando el sector exterior hasta extremos que pueden resultar insoportables
y que mermarían todavía más la tasa de crecimiento.
El Banco de España
ofrece recetas muy valiosas para afrontar estos problemas, pero es probable que
el Gobierno, amparado precisamente en la buena situación aparente de la economía,
posponga las medidas necesarias para no incurrir en decisiones impopulares. Es
ocioso decir que, si así se hiciese, se estaría jugando con fuego.