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| Desesperadas |
| Por JOSÉ JAVIER ESPARZA
El Correo, 17 de junio de 2005 |
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Es
la peor columna de la semana porque... | |
Si lo que le preocupa a Esparza es la degradación de esta serie "blanca", mejor
no pensar qué pensará tras ver Trainspotting (ficción en ambos casos).
El declive de occidente, o algo. | Opina
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TVE-1 ha incorporado a su parrilla una serie que ha conocido cierto éxito en los
Estados Unidos: Mujeres desesperadas, creada y producida por Marc Cherry. La serie
ha obtenido dos Globos de Oro y un premio Prims. Cherry ha ideado historias como
Las chicas de oro, que tanto y tan prolongado éxito tuvo en España.
Mujeres
desesperadas se le ocurrió mientras conversaba con su madre sobre los cotilleos
de la localidad. Eso es lo que cuenta la serie: las pequeñas y grandes miserias
de los habitantes (especialmente, de las mujeres) de una pequeña urbanización
estadounidense. De manera que estamos ante una comedia costumbrista con aliento
de crítica social.
Hay que decir que es un producto elaborado con mano
maestra, que las interpretaciones son intachables y que el humor está administrado
con gran eficacia. Lo que resulta un tanto amargo en Mujeres desesperadas, lo
que deja un mal sabor de boca cuando uno ve esta serie, es la banalización de
las miserias humanas que el narrador (Marc Cherry) ha escogido como eje fundamental
del relato.
Una historia que empieza con un suicidio y prosigue con adulterios,
incendios y drogadicciones es cualquier cosa menos una historia agradable. El
relato opta por la trivialización: todo lo que se cuenta, que es pura descomposición
en masa, viene envuelto en una atmósfera de comedia que hace digerible la sobredosis
de espanto. En ese sentido, el planteamiento recuerda un poco a Aída, aunque sin
el desgarro castizo de la serie española. Y también tiene un poco del nihilismo
vocacional de Los Simpsons, aunque los dibujos animados de Groening, precisamente
por ser dibujos, resultan más llevaderos. Pero lo que le queda a uno, al final,
es la percepción de que aquí algo se está cayendo desde la base. Y el hecho de
que no caiga con estrépito, sino con rumor de sonrisas, no hace sino agravar las
cosas.
En otro tiempo -hace, por ejemplo, veinte años- este tipo de narraciones
solía venir acompañada de un discurso subyacente de tipo constructivo: la denuncia
de la hipocresía social o de la infelicidad forzosa era una forma de denunciar
las entrañas de una sociedad inhabitable y, por tanto, de proponer cambios sociales
de cierto calado. Pero ese rasgo alternativo -que, por cierto, sí encontramos
en Sexo en Nueva York- ha desaparecido de productos como Mujeres desesperadas,
donde la única solución coherente que le queda a uno es la pistola de Mary Alice
Young, la suicida, para poder contarlo todo desde ese lugar donde ya no hay dolor.
O sea que la vida es un pozo de estiércol, pero sería estúpido mejorar. Qué bien.
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