Mediante un alud de declaraciones crípticas, filtraciones,
rumores y medias palabras se han creado claras expectativas de que
está a punto de tener lugar el proceso de desaparición
definitiva del terrorismo etarra, y ello es inquietante y peligroso.
Primero, porque los preparativos debieron haber sido conducidos más
discretamente hasta que el asunto hubiese adquirido la maduración
necesaria con el fin de evitar los palos en las ruedas del proceso;
segundo, porque una nueva frustración en este asunto cuando
ya la paz parece al alcance de la mano volvería a alejar el
horizonte de la esperanza. También es perturbadora la evidencia
de que, cuando se plantee realmente la hora de la verdad, el enconamiento
de las relaciones políticas podría jugar a la contra
de los intereses generales, interponiendo obstáculos que la
opinión pública no entendería. Y, por añadidura,
la situación confusa de estos momentos deja a las instituciones
en una posición ambigua: las leyes están para cumplirse,
pero su aplicación requiere de una incómoda flexibilidad
que tenga en cuenta el contexto sociopolítico, y éste
no tiene hoy perfiles definidos. Convendría, en fin, optar
por la claridad o por el silencio, no por los claroscuros.