 |
Es
la peor columna de la semana porque... |
| ¿Alguien consigue
llegar al final? Enhorabuena. |
Opina
en el foro | | |
Aunque hoy menos que ayer, cuando una Exposición Universal
era capaz de levantar una Torre Eiffel en París o crear un
paisaje urbano como el barcelonés de Montjuich, este tipo de
encuentros internacionales han servido de espuela para que muchas
grandes ciudades del mundo, de Chicago a Londres pasando por Bruselas
u Osaka, se pusieran al día y trataran de deslumbrar a sus
equivalentes. Seguramente fue Sevilla, en el 92, el broche de oro
que cerró un ciclo que ha durado siglo y medio, desde la «Expo»
de Londres de 1851, y que ahora, en un mundo globalizado y televisual
tiene, de tener alguno, mucho menos sentido.
Al hilo de aquel gran invento de las «Expo» surgieron,
con distintos formatos y con ánimo de lucro para sus promotores,
remedos voluntariosos como, por ejemplo, las Exposiciones Internacionales:
más de lo mismo, pero con el límite de las monografías
y del tiempo que, de los seis meses de las Universales, pasa al
trimestre de las Internacionales. Zaragoza será, en 2008,
una muestra de estas últimas, aunque las informaciones que,
promovidas por su ayuntamiento, inundan las redacciones informativas
de medio mundo favorezcan el equívoco y utilicen indistintamente
lo de «Universal» e «Internacional», dos
dimensiones muy diferentes.
Los grandes expositores en este tipo de eventos trabajan ya, clausurada
la Exposición Universal de Aichi, Japón -con un balance
cortito de visitantes extranjeros-, en la también Universal
de Shanghai, que dadas las circunstancias políticas, económicas
y sociales por las que atraviesa la China inventora del «comunismo
de mercado» será un acontecimiento grande. Algo que,
en principio, no beneficiará la miniexpo -Internacional-
que Juan Alberto Belloch prepara para su ciudad, centrándola
en el agua que los aragoneses racanean al resto de los españoles
y en el desarrollo sostenible.
Es fácil entender que los políticos, sea cual fuere
su ámbito de actuación, no dejen de buscar medallas
que prenderse en la pechera para mejorar su imagen de cara a los
próximos comicios a los que deberán someterse; pero
eso, también, debiera tener su límite. En este caso,
el de la rentabilidad y el aprovechamiento ciudadano de las elefantiásicas
inversiones que suponen para una ciudad este tipo de acontecimientos.
Belloch quiere «poner a Zaragoza en el mapa del mundo»
y eso está muy bien; pero cuando Belloch proyecta -piénsese
en la reforma de Código Penal- hay que echarse a temblar.
Zaragoza es, desde antes de su actual alcalde, una de las grandes
ciudades españolas. La duda es si puede permitirse el lujo
de una descomunal inversión para «sólo»
una Exposición Internacional. La respuesta nos la dará
el resultado del invento; pero, con una inversión equivalente,
¿no habrá en la capital del Ebro otros proyectos de
mayor interés económico y social?
|