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España, miércoles 12 de octubre de 2005
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La solidaridad y España

Por PEDRO ANTONIO SÁNCHEZ LÓPEZ
La Verdad, 11 de octubre de 2005

Es la peor columna de la semana porque...
Una en representación de las cientos de columnas aburridas y tediosas sobre el Estatut. Qué cansancio.
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La clave del éxito de la Transición Española que desembocó en la aprobación casi unánime por parte de los españoles de la Constitución de 1978, el llamado «Espíritu de la Transición», se basó en que no se hizo unos contra otros, sino los unos con los otros. Para ello existió entre prácticamente todos los partidos -desde luego los dos mayoritarios- un amplio consenso que ha hecho posible que hoy disfrutemos del periodo más largo de convivencia pacifica y democrática de la historia de España. Fue una negociación dura, en la que todos cedieron en algunas de sus reivindicaciones, pero finalmente contó con la aprobación de más del 80% de los españoles. Ese acuerdo, nuestra Constitución, nos ha dotado de las herramientas suficientes como para desarrollar uno de los Estados de las Autonomías que gozan de un amplio capítulo de competencias, aún no todas desarrolladas al máximo.

Hoy no tenemos ese consenso necesario para su reforma. Lo quieran o no los políticos catalanes, la sociedad española no acepta las nuevas condiciones que los nacionalistas quieren imponer al resto de los españoles. Algunos quieren destruir la Constitución mediante la aprobación de un estatuto catalán que no es otra cosa que una reforma constitucional realizada desde un parlamento autonómico.

Nuestra Constitución, que nació del acuerdo de todos los españoles, reafirma en su artículo dos los principios fundamentales del Estado, sobre los que han girado nuestros últimos veinticinco años de historia: la unidad de la Nación española y la solidaridad entre todas las regiones que la componen. Literalmente dice: «La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles, y reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran y la solidaridad entre todas ellas». En cuanto al término nación queda claro, la única Nación que cabe en la Constitución es la española.

En cuanto al segundo de los principios el Estatut rompe la solidaridad entre las regiones españolas que exige nuestra Constitución de 1978 es fácil. Los ciudadanos de cada región pagan sus impuestos a una caja única del Estado, donde llegan todos los ingresos, que luego éste, el Estado, se encarga de gestionar en beneficio de toda España con lo que garantiza así la igualdad entre todos los españoles. Lo que recoge el Estatut es que el dinero aportado por los ciudadanos catalanes no vaya a esa caja única, sino que se quede directamente en Cataluña para que sea su propio gobierno el encargado de gestionarlo. Con lo cual, Cataluña, una región rica, entre otras cosas, gracias al trabajo de miles de emigrantes españoles provenientes de todo nuestro territorio, no contribuiría al progreso de aquellas regiones que aún hoy tienen un desarrollo inferior. Es como si los señores más ricos de España decidiesen recaudar sus propios impuestos y destinarlos a cubrir tan sólo sus necesidades y no los de aquellos que más lo necesitan. ¿Es ese el nuevo progresismo socialista? ¿Acaso es eso solidaridad?

El principal problema es que tenemos un Presidente del Gobierno débil y está actuando sin norte, de forma irresponsable. Él, como máximo responsable político de este país debe mantener la firmeza por el interés general, y no desguazar España y venderla por piezas a sus socios a cambio de apoyos para seguir en el poder.

En definitiva el Estatut, además de contener numerosos preceptos claramente inconstitucionales, es una triste muestra de hasta donde pueden llegar las ambiciones de algunos nacionalistas dispuestos a hacer saltar por los aires el trabajo de muchas generaciones de españoles y que hizo posible la reconciliación entre las dos Españas salidas de la Guerra Civil.