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España, miércoles 19 de octubre de 2005
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El desafío de Maragall

Por MANUEL MARTÍN FERRAND
ABC, 18 de octubre de 2005

Es la peor columna de la semana porque...
Bueno, a lo mejor todavía hay gente a quien le interesa esto del Estatut.
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¿CUÁL de las tres patas del taburete que sostiene a Pasqual Maragall al frente del Govern será la primera en romperse? No es ésa una previsión sencilla porque el president, en sus ansias de remodelar el equipo que le asiste al frente de la Generalitat, ha irritado por igual a los suyos, los sufridos y confusos militantes del PSC, que a los ajenos, las gentes de ERC e ICV. Sin duda un jefe de Gobierno tiene entre sus prerrogativas la designación y el cese de quienes, con el máximo rango, complementan su trabajo político; pero, especialmente cuando se parte de una minoría, la prudencia aconseja convenir con los socios las grandes decisiones para que no opere el elemental mecanismo de repulsa que les asiste.

Incluso José Montilla evidencia su irritación ante los cambios que perpetra Maragall. Su, hasta ahora, fidelísimo segundo en el PSC y, en los ratos libres, ministro en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, ha puesto pies en pared ante la «maragallada» que pretende reducir el número de consejeros y renovar las nóminas de los restantes, introduciendo en el Govern a su propio hermano. No debe de ser fácil la convivencia política de tres formaciones tan dispares, y hasta contradictorias, como las que integran el tripartito, y el president busca el calor de la familia, el consuelo del cariño fraternal. Algo muy humano que, a poco que se radicalice la situación, puede desencadenar unas elecciones anticipadas en Cataluña que, fuese cual fuere su resultado, no será benéfico para unos socialistas que, en alarde de fervor nacionalista, incluso soberanista, se han puesto enfrente del segmento social que tradicionalmente ve en la rama catalana del PSOE su mejor representación política.

Lo que se le ha olvidado a Maragall es que ni Josep Lluís Carod-Rovira ni Joan Saura le prestaron su apoyo, definitivo para quien había perdido las elecciones, por simpatía o caridad. Lo hicieron por el más concreto de los intereses políticos, el del reparto del poder, y ello está tasado en el acuerdo, cuasi milagroso, que convirtió a Maragall en president cuando una derrota y su condición sexagenaria le mandaban a casa. El acuerdo del Tinell, que así se bautizó el pacto que le hurtó la posibilidad de gobierno a Artur Mas, fijó, incluso con decimales, las cuotas de poder para cada uno de sus firmantes. Romperlo ahora, cuando el pretendido Estatut, piedra angular del acuerdo, espera turno en el Congreso de los Diputados es temerario y, puede, como primer efecto secundario, crearle a Zapatero una situación irrespirable en La Moncloa. ¿A quién estará desafiando el imprevisible Maragall? Sería bueno para todos que él mismo lo supiera porque, si se le contempla desde que relevó a Narcís Serra en la Alcaldía de Barcelona, no son muchos los datos de coherencia que se pueden subrayar en su biografía.