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Es
la peor columna de la semana porque... |
| Bueno, a lo mejor todavía
hay gente a quien le interesa esto del Estatut. |
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¿CUÁL de las tres patas del taburete que sostiene
a Pasqual Maragall al frente
del Govern será la primera en romperse? No es ésa una
previsión sencilla porque
el president, en sus ansias de remodelar el equipo que le asiste al
frente de
la Generalitat, ha irritado por igual a los suyos, los sufridos y
confusos
militantes del PSC, que a los ajenos, las gentes de ERC e ICV. Sin
duda un jefe
de Gobierno tiene entre sus prerrogativas la designación y
el cese de quienes,
con el máximo rango, complementan su trabajo político;
pero, especialmente
cuando se parte de una minoría, la prudencia aconseja convenir
con los socios
las grandes decisiones para que no opere el elemental mecanismo de
repulsa que
les asiste.
Incluso José Montilla evidencia su irritación ante
los cambios que perpetra
Maragall. Su, hasta ahora, fidelísimo segundo en el PSC y,
en los ratos libres,
ministro en el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero,
ha puesto pies en
pared ante la «maragallada» que pretende reducir el
número de consejeros y
renovar las nóminas de los restantes, introduciendo en el
Govern a su propio
hermano. No debe de ser fácil la convivencia política
de tres formaciones tan
dispares, y hasta contradictorias, como las que integran el tripartito,
y el
president busca el calor de la familia, el consuelo del cariño
fraternal. Algo
muy humano que, a poco que se radicalice la situación, puede
desencadenar unas
elecciones anticipadas en Cataluña que, fuese cual fuere
su resultado, no será
benéfico para unos socialistas que, en alarde de fervor nacionalista,
incluso
soberanista, se han puesto enfrente del segmento social que tradicionalmente
ve
en la rama catalana del PSOE su mejor representación política.
Lo que se le ha olvidado a Maragall es que ni Josep Lluís
Carod-Rovira ni Joan
Saura le prestaron su apoyo, definitivo para quien había
perdido las
elecciones, por simpatía o caridad. Lo hicieron por el más
concreto de los
intereses políticos, el del reparto del poder, y ello está
tasado en el
acuerdo, cuasi milagroso, que convirtió a Maragall en president
cuando una
derrota y su condición sexagenaria le mandaban a casa. El
acuerdo del Tinell,
que así se bautizó el pacto que le hurtó la
posibilidad de gobierno a Artur
Mas, fijó, incluso con decimales, las cuotas de poder para
cada uno de sus
firmantes. Romperlo ahora, cuando el pretendido Estatut, piedra
angular del
acuerdo, espera turno en el Congreso de los Diputados es temerario
y, puede,
como primer efecto secundario, crearle a Zapatero una situación
irrespirable en
La Moncloa. ¿A quién estará desafiando el imprevisible
Maragall? Sería bueno
para todos que él mismo lo supiera porque, si se le contempla
desde que relevó
a Narcís Serra en la Alcaldía de Barcelona, no son
muchos los datos de
coherencia que se pueden subrayar en su biografía.
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