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Es
la peor columna de la semana porque... |
| Esto de la hoja de parra
para una tercera de ABC, un poco pobre, ¿no? |
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CUANDO yo era niño y veía aquellas hojas de
parra cubriendo las zonas
«vergonzosas» de Adán y Eva al ser expulsados del
paraíso, llegué a pensar que
la hoja de parra era una cosa natural en todos los adultos, por repetida
en
tantas pinturas y esculturas de cuerpos desnudos. Inspeccionaba mi
propio
cuerpo, lo sabía sin hoja como en los demás niños,
pero estaba seguro, allí iba
a crecer fatalmente una siniestra hoja de parra en lugar de lo otro.
¿En qué
momento se me caería lo de costumbre? Y ¿cómo
a la hoja de parra le sería
posible orinar? La hoja ¿se caería también, como
cualquier hoja responsable, en
otoño? Este gran misterio me conturbó durante mucho
tiempo, y cada cumpleaños
se me renovaba una ansiedad que no le deseo ni al tripartito catalán.
Los
primeros años tras la guerra española fueron para mí
de incesante zozobra
pisando los umbrales de la espera, en una época cuando la hoja
de parra
modificaba, no sólo pinturas y esculturas, sino cualquier aspecto
de la vida
española. Me estoy refiriendo a la censura.
Ha pasado el tiempo, y la hoja de parra no termina de marcharse.
Luce triunfal y
defensiva (ofensiva), no con la ruda imposición de la posguerra,
sí con maneras
más sutiles. La hoja de parra tapa verdades embarazosas y
ofrece vacíos y
mentiras. En algunos países, desde luego, no hay ninguna
sutileza en el
escamoteo. Hay millones de hojas de parra en Cuba tituladas «Revolución»
ocultando la servidumbre y la pobreza, y con ellas podría
fabricarse un
ejército de balsas rumbo a las libres costas de Florida.
Asombran las
fotografías de mujeres futbolistas de Irán pateando
el balón, pues sólo tienen
al descubierto cara y manos; la hoja de parra, incrementada, se
confunde con el
cuerpo. Ya saben: el cuerpo de la mujer es la ocasión de
pecado más perversa de
que consta noticia. Insistiendo en el fútbol, ¿por
qué la selección nacional
española no viste de rojo y amarillo, los colores de nuestra
bandera? Es como
si a la bandera le hubieran colocado otra bandera a modo de hoja
de parra.
Acaso se tema a ciertos españoles con mentalidad de automovilista
nervioso ante
el amarillo de un semáforo avisando parada y el rojo ordenándola.
Hace poco la
selección vistió de blanco, de vacío. Donde
cualquier bandera cabe.
He hablado de la ansiedad del tripartito catalán, por supuesto
en relación con
el tema del Estatuto. El texto del Estatuto es una compleja hoja
de parra cuya
finalidad radica en ocultar la verdad del proyecto: independencia
de Cataluña.
Todo lenguaje está lleno de hojas de parra (metáforas,
eufemismos, sinécdoques,
etc.) con los que desviar la atención de molestas evidencias
posibles. Cuando
se pide la mano de una señorita se pide mucho más,
el cuerpo entero. Cuando se
dice de alguien que pasó a mejor vida, no se ha comprado
un palacete en una
ciudad mediterránea, es que ha muerto. También en
la posguerra, decretaron que
los muertos estuvieran presentes, no ausentes. A mí me daba
miedo tanta
presencia de los muertos de la guerra durante mi infancia y mi adolescencia,
y
tanto obligado saludo ritual. En el colegio decían «¡Gloriosos
caídos por Dios
y por España!» y contestábamos «¡Presentes!».
Después decían «¡José Antonio
Primo de Rivera!» y nosotros, «¡Presente!».
Luego venía el «¡Viva Franco!»
respondido con un sonoro «¡Viva!», y el postre
ideológico del «¡Arriba España!»
respondido con un «¡Arriba!» que resonaba como
mil portazos. Lo peor fue que
una mañana, al llegarse al «¡Viva Franco!»,
yo, por inercia, lancé un
estruendoso «¡Presente!»
Hay hojas de parra ocultando el pasado. Metidos en la labor, los
historiadores
deben ser desenterradores de exactitudes, no enterradores, y volver
a
investigar lo que atiende por «verdad». Un montón
de aficionados a
historiadores se ha propuesto abrir antiguas heridas en nombre de
la justicia
histórica, aunque sea en contra de la verdad. Y en contra
de la paz nacional,
hermosamente lograda por los protagonistas de la Transición.
Mi padre luchó
durante la guerra en la parte nacionalista, el de mi mujer en la
otra. Mi padre
era creyente, liberal y monárquico, el de mi mujer era ateo,
comunista y masón.
Yo no estoy recomendando que los del Partido Socialista se enrosquen
en la cama
con los del Popular, pero sí que alguna vez se vayan juntos
de excursión. Hay
muchos sitios admirables. El otro día viajé a la salmantina
Peña de Francia y
allí arriba, a casi dos mil metros de altura, respirando
un aire purísimo y
asumiendo un circular paisaje formidable, puedo asegurar que cualquier
problema
queda empequeñecido. ¿Hemos perdido la sensación
de grandeza? ¿Nos hemos
convertido en un país consumista, indolente y aburrido?
Me referí antes a la «verdad». No está
de moda, debido a un relativismo que
podría echar abajo nuestra cultura occidental. No es mi intención
predicar a
nadie, sólo constato un hecho. Los teóricos de la
posmodernidad declararon que
la verdad no existe, y se acabó. También, que Dios
ha muerto; multiplicaron
fotocopias del certificado de defunción que un día
firmó Nietzsche. Se tapa a
Dios, es obsceno, y obsceno testimoniarle. Y como toda hoja de parra
significa
una sustitución por el vacío o por lo opuesto a lo
escondido, tapan a Dios con
una inmensa hoja de parra que remite a la nada y a la ridiculización
de lo
sagrado en nombre de la centralidad del ser humano. Decía
Rubén Darío
irónicamente que él tenía «el mal gusto
de creer en Dios». Y no olvidemos a los
apocalípticos fanáticos de Dios, menos religiosos
todavía que los ateos: para
ellos lo ocurrido con las catástrofes naturales de Estados
Unidos, Pakistán,
Guatemala, El Salvador y México es una acumulada señal
de ira. Asquerosas hojas
de parra, estos inventados «castigos de Dios».
La verdad no existe y la belleza tampoco. Ya lo escribió
Picasso: «¿Qué es la
belleza? No hay tal cosa». Si él nunca se lió
con una mujer fea, no fue por
atracción de la belleza; simple casualidad. Así, hoy,
una gigantesca hoja de
parra elimina lo que siempre se entendió por belleza: un
tipo de ritmo -el que
sea, incluso el no inmediatamente percibido-, un resultado de armonía
personal
y comunicada, una seducción que supera su propio caos y su
propia agonía. Se ha
llegado a decir que a una novela le perjudica el lenguaje estético,
como le
daña a un poema. Que el Quijote no tiene más valor
que la carta de un
semianalfabeto a su novia. No hay valor porque no hay valores; en
su lugar
proliferan hojas de parra para todos los gustos, hoja de parra del
capricho,
hoja de parra del odio a lo establecido, hoja de parra del naufragio
del
espíritu, hoja de parra de la impersonalidad glorificada,
hoja de parra de la
imaginación abolida, hoja de parra de la igualitaria falta
de talento.
Curiosamente, en esta época nuestra de desaparición
de valores y pese a lo que
opinaba Picasso, el valor de la belleza femenina ha resurgido de
forma
agresiva. No por desinterés sino por dinero: modas, sexo.
Aquellos escritores
neoplatónicos que idealizaban a la mujer hasta convertirla
en muñeca intocable,
tenían mucho de hipócritas, y hoy son también
hipócritas los nada platónicos
comerciantes que presentan a las mujeres con rostros idealizados
pero cuerpos
bien asequibles. (La mujer nunca idealizó al hombre, no perdió
de vista su
realidad). En este caso, la hoja de parra consiste en hacer creer
la utopía de
que todos los rostros de mujer son bellísimos. Hojas de parra
como máscaras
donde existe solamente una identidad mansamente intercambiable.
A propósito de lo comercial, termino este artículo
con otro recuerdo mío
infantil. Una tarde en Sevilla, al volver del colegio, leí
estas palabras en un
muro: «Hijos de puta». No entendí. Ya en casa,
le pregunté a mi madre qué
significaba la palabra «puta». Mi madre se escandalizó,
gritó que jamás
repitiera esa palabra. Me fui a un diccionario y busqué:
«Puta. Mujer que
comercia con su cuerpo». Entendí menos. Al otro día
le pregunté a un jesuita
del colegio qué era lo de puta y lo de comerciar. ¡Cómo
se reía el puñetero! Me
explicó: «Puta es una mujer que no se lava».
Imaginé a las putas como a las
mujeres de pinturas y esculturas, y con una sucísima hoja
de parra. Aún hoy
pienso en la prostitución como una hoja de parra que hay
que lavar. Sea el tema
de un futuro artículo.
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