info@pulevasalud.com
España, miércoles 30 de noviembre de 2005
:: Inicio >> Dolor de columna >> Columna

Federalismo para España

Por JOSÉ MANUEL MORENO MOLINO *
Ideal, 29 de noviembre de 2005

Es la peor columna de la semana porque...
Expresiones del tipo en mi opinión y me permito echan bastante para atrás. El resto del texto, en fin. Lee y juzga.
Opina en el foro
En su defensa del proyecto de reforma del Estatuto de Cataluña (aprobado por una aplastante mayoría de los miembros del Parlamento catalán), Ramón Máiz concluye con la siguiente cita de Pi y Margall: «Quien dice libertad, dice federación o no dice nada. Quien dice socialismo, dice federación o no dice nada».

Me permito, con la cautela que toda excursión entre contextos comporta, añadir que Francesc Pi y Margall dedica varios capítulos de su obra mayor 'Las nacionalidades' a asegurar que yerran quienes buscan «el principio determinante» de las mismas en la historia, en la lengua, en la geografía, en las etnias o en «el equilibrio europeo».

¿Dónde, pues, hallaremos dicho principio determinante? En la libertad y en el pacto. Porque, como se esfuerza Pi y Margall en acreditar mediante múltiples ejemplos antiguos y contemporáneos (entre otros, las ciudades-estado de la Grecia clásica), «la ciudad es la nación por excelencia» y nuestro planeta, si lo interpreto bien, debería gobernarse a través de una entera confederación de naciones.

El principio que buscamos se encuentra en la libertad, puesto que la nación ha de construirse desde abajo hacia arriba, partiendo del individuo. Baste para demostrar esto la mención de lo que hoy convenimos en denominar una «competencia compartida»: la administración de justicia. Sobre ella, indica Pi y Margall que «no sujetaría a los tribunales federales las controversias entre diversos Estados sino cuando lo exigiese uno de los litigantes» (la cursiva es mía). Porque «debe siempre dejarse a las partes la libertad de someterse a la jurisdicción que prefieran», pudiendo elegir entre la de su comunidad o la de la federación.

Y se encuentra también dicho principio determinante de las nacionalidades en el pacto, puesto que las federaciones descansan en el «mutuo consentimiento» y solo pueden disolverse por el «mutuo disentimiento de los que las establecieron, no por el de uno o más pueblos».

Es absolutamente legítima una lectura más autonomista de la Constitución de 1978, pero dicho tipo de lectura -estoy seguro sostendría Pi y Margall- debería ser compartido por la amplia mayoría que la refrendó entonces, no por «uno o más» entre aquéllos que la apoyaron.

En mi opinión -y creo que ello viene al caso-, el profundo defensor de la libertad y de las «clases jornaleras» que fue Pi y Margall era, además, un convencido municipalista y no respaldaría, con seguridad, la concentración de poder que las distintas administraciones vienen a localizar en el Madrid de nuestros días, o en la actual Barcelona, o en Sevilla.

* Catedrático de Universidad