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España, miércoles 7 de diciembre de 2005
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«La cordorniz» de herreros

Por Manuel MARTÍN FERRAND
ABC 6 de diciembre de 2005

Es la peor columna de la semana porque...
Estas columnillas de compromiso con amigo nunca suelen dar buen resultado, la verdad.
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NOSTALGIAS aparte, está claro que ningún tiempo pasado fue mejor que éstos en que, más o menos contentos con lo que pasa, vivimos y soñamos con otros todavía mejores; pero, ¿se puede decir lo mismo de sus protagonistas?He aprovechado el primer ojo de este larguísimo puente con que nos favorece el calendario -¿hay alguien aquí dedicado a trabajar?- para leer con gozo el trilibro que, editado por Edaf y titulado La Codorniz de Enrique Herreros, presenta, en el supuesto de que no siga siendo él mismo, su hijo y valedor, Enrique. Los dos, insisto, si no son uno solo, justifican la pregunta de un poco más arriba. No abundan los personajes de la calidad, el talento, la bonhomía y la generosidad de estos Herreros sin fragua que sólo saben dar con el martillo de la bondad en el yunque de la imaginación.

He dicho con precisión que se trata de un trilibro porque en sus cuatrocientas páginas de gran formato se encuadernan tres piezas bien diferentes. Una joya del humor y del dibujo -España de mis humores-, una antología de textos de los más notables creadores clásicos y felizmente presentes en el reducido paisaje del humor español y, lo más importante, un originalísimo ensayo biográfico que el hijo hace del padre y en el que llegan a confundirse las peripecias vitales del uno y el otro. «España de mis humores», precedida por una selección de las
807 portadas que Enrique Herreros concibió para «La Codorniz», es una antología, hecha en su día por el propio autor, de los 2.303 dibujos que llegó a publicar en «La revista más audaz para el lector más inteligente». Son la radiografía del cuerpo español que, a través del ojo luminoso de Herreros, nos detalla la casquería de una nación permanentemente descontenta.

A pesar de mi inmensa admiración por Enrique Herreros -pintor, dibujante, creador, agente cinematográfico, escalador de montañas, publicitario y persona cabal-, cuyos méritos justifican el valor de homenaje que trae el libro que hoy comento, aún considerando la importancia de un personaje generacional e intelectualmente equivalente a Mihura, Tono, Neville, Jardiel..., el trabajo de Enrique hijo, que así se firma, es la parte fundamental de la obra. Desde el día del nacimiento de su padre, en 1903, hasta el presente, la búsqueda y el regocijo biográficos que acomete el hijo es la crónica viva, apasionada, aleccionadora y amenísima de un siglo con copete en el que, en España, ha pasado de todo y en la que personajes como Enrique padre y Enrique hijo -insisto, si no son sólo uno- han servido para inspirarnos alguna sonrisa, muchas reflexiones e infinidad de argumentos para que podamos confiar en el género humano. Como señala Antonio Mingote, uno de los maestros que reseña la gloria de Herreros: «Enrique fue genial en su trabajo, en su vida, en la amistad y en el magisterio, en lo principal y lo accesorio -que no en lo inútil-, en lo grande y en lo pequeño».