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Es
la peor columna de la semana porque... |
| Frases sueltas, mucha
cita y poca chica. En fin. Puede mejorar. |
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en el foro | | |
SE asegura, aunque no hay que acabar de creerse lo increíble,
que el Gobierno ha
pactado que en el dichoso estatuto figure «el deber de conocer
el catalán».
Hasta ahora no era una obligación, sino un privilegio. ¿A
quién no le gustaría
tener el don de lenguas y anular la maldición babélica?
Sería magnífico poder
hablar, sin traductores, con Pavese, con Voltaire, con Schopenhauer...
Comprensivamente, el Tribunal Constitucional establece que no puede
exigirse al
mismo nivel de conocimiento de las lenguas cooficiales que del castellano,
también llamado español. El Diccionario, cuya lectura
me recomendó Azorín
-«ábralo al azar», me decía- se llama
de la Lengua Española. Me ha sido válido
hasta ahora. Otras cosa es que me hubiese enriquecido, indudablemente,
conocer
otras formas de expresión. Todas son sagradas, pero no tengo
queja de la que ha
venido siendo hereditariamente mía. Me ha servido para comunicarme
con gentes
de la Patagonia. «No llore vuestra mercecita», le oí
decir a una nodriza india
dirigiéndose a una desconsolada niña, en un parque
chileno. ¿Por qué imponer
una forma determinada de expresión? Mi inolvidable amigo
Néstor Luján se
asombraría de esta forma de dictadura lingüística.
Pero, sobre todo, lo
inadmisible es transformar una ampliación del conocimiento
en una disciplina.
En Cataluña impera el bilingüismo. Mejor para ellos.
Los que hemos intentado en vano dominar un solo idioma podemos
convertirnos en
unos proscritos. Nos amplían los deberes. Se cuenta de Sócrates,
aunque no hay
comprobación, que en vísperas de ingerir su gin-tónic
de cicuta le
sorprendieron sus discípulos aprendiendo un son de flauta.
¿De qué le servirá,
si mañana va a morir?, le preguntaron. «De saberlo»,
dijo. Yo, como Sócrates,
pero no por obligación.
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