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España, miércoles 22 de marzo de 2006
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Olivas rellenas

Por GARCÍA MARTÍNEZ
La Verdad, 21 de marzo de 2006

Es la peor columna de la semana porque...
Escribir una columna como este requiere mucho mérito... ¿o es arrojo? Guau.
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Se nos llena la boca cada vez que hablamos de la sociedad de progreso en la que supuestamente vivimos. Sobre todo a la izquierda le encanta ese término: de progreso. Otros no lo tenemos tan claro.

Si en las pequeñas cosas es donde más se nota la progresión, fijémonos por ejemplo en las olivas rellenas de anchoa. Siguen siendo olivas y siguen estando rellenas. Pero rellenas, ¿de qué? Ahí es donde le duele. En otro tiempo, la oliva rellena era lo que siempre se ha llamado una especialidad. Si se te ocurría romperla, encontrabas dentro lo esperable: una anchoa enrolladita en espiral, por así decirlo. Una anchoa, vaya, como las de Santoña, pero recogida en el interior de la aceituna.

Claro, el saborcillo de la oliva era el propio de una oliva rellena y procuraba al paladar una satisfacción muy grande. Se obtenía el auténtico sabor español de la oliva rellena genuina.

Pero llegó un momento en que, degustándola, notabas en la lengua que, en lugar de la anchoa de siempre, había algo blandujo, como si se hubiera descompuesto el relleno. Descubriste entonces, en lugar de la anchoa, una pizca como de paté, tal que la crema de limpiar los zapatos, con cierto sabor a anchoa. Desde ese mismo instante, las olivas rellenas de anchoa dejaron de ser. Lo nuevo era un puto sucedáneo encaminado, supongo, a bajar los costos de producción y subir los beneficios.

Todo eso estará muy bien desde una perspectiva economicista. Pero el pueblo, por mucho que elogie Llamazares la sociedad de progreso, sale perjudicado en gran medida.

Sucede lo mismo con otras mercancías entrañables, como las patatas fritas de aperitivo. Las finitas, quiero decir. Nada que ver las que actualmente te ponen delante -que a lo mejor ni siquiera son patatas del patatar- con aquellas otras tan livianas y sabrosas que te servían en cualquier bar medio decente. Esa patata era un aperitivo ordinario, no de lujo, pero estaba riquísima.

Y tenemos luego las cortezas de cochino. ¿Qué fue de aquellas tan hermosas, del tamaño de la palma de la mano, que mostraban acerados pelos que daban fe de su procedencia cabal?

O sea que sociedad de progreso, pues sólo hasta cierto punto, señor Llamazares.
Y no hablemos de los berberechos.