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España, miércoles 24 de enero de 2007
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Los caracoles de Zapatero

Por MANUEL MARTÍN FERRANZ
ABC, 23 de enero de 2007

Es la peor columna de la semana porque...
¿Nos lo parece a nosotros o Martín Ferrand escribe siempre de lo mismo? Sus columnas son como bucles, o algo.
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EL escaso caletre que muestran, como común denominador, los integrantes del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero genera muchos de los males que, lejos de ser remediados, crecen ante nuestros ojos. Asuntos graves en sí mismos, como la actuación impune de los movimientos «okupa» que, con epicentro en Barcelona, hacen temblar en toda España el sentido de la propiedad privada -una de las columnas del sistema que hemos escogido- son abordados con ligereza y frivolidad. Cosa parecida ocurre con la «kale borroka», últimamente recrecida y potenciada, que tiende a verse y tratarse como un juego de vasquitos traviesos en lugar de hacerlo como una forma especialmente contumaz del más puro terrorismo.
Sobrevolar los problemas, especialmente cuando afectan a gran número de ciudadanos y conllevan desprecio a los valores que definen nuestra propia civilización, es la manera más irresponsable de ejercer el poder. Además, constituye un germen que pronto florecerá males mayores. Ahí tenemos, dentro del amplio muestrario de perturbaciones sociales que padecemos, el caso de las bandas juveniles que este pasado fin de semana actuaron en Alcorcón. Es algo que se veía venir desde que el bondadoso actuar de Zapatero -tan falso, tan dañino- nos explicó por boca de uno de sus mendaces portavoces que esos chicos podían canalizar su ímpetu inscribiéndose en el Registro de Asociaciones. Cualquier cosa menos madrugar para enfrentarse a la realidad.
Al margen de que el modelo de «bandas» no encaja en nuestra cultura de pandas y cuadrillas, que aquí el equivalente al argumento de West side story son los dramas rurales sin música, no cabe la tolerancia frente a modos y modas que parten de supuestos racistas y fascistas. Dejarles pasar, en bobalicona condescendencia, es ayudarles a subir un nuevo escalón. El rigor nunca es un capricho y su exigencia siempre -siempre- ahorra males mayores y carencias tan imprevisibles como dolorosas. No hay nada tan democrático como el buen uso de la autoridad.
La megalomanía de Zapatero -tan destructora, tan vacía- le empuja a solucionar los «grandes» problemas que afligen a la Nación. Quiere pasar a la historia como el líder que convirtió en corderitos a los lobos etarras y, mientras tanto, se le escapan los caracoles del plato: van muy deprisa para él. Asuntos que parecen menores y no lo son, especialmente en lo referido al orden público y la seguridad, desde los graffiteros desmedidos a los «chicos de la gasolina», deben ser abordados con tanta resolución como inteligencia. No es así. Entre lágrimas y suspiros luce la especial ineficacia del ministro Pérez Rubalcaba, que, según la máquina constructora de prestigios socialistas, es una de las mejores cabezas del Gabinete. Habrá que averiguar para qué.