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Es
la peor columna de la semana porque... |
| ¿No huele a cansino
y a apolillado Fernando Delgado? |
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Gerardo Muñoz, maestro de Móstoles en 1939, viajó
a Madrid, desde Albatera, en Alicante, metido en un ataúd.
No se trataba de un extravagante que hubiera decidido vivir semejante
experiencia como una vivencia surrealista. La idea de tal traslado
se debió, sin duda, a las almas compasivas que viajaron desde
Madrid hasta el campo de concentración donde Muñoz
estaba, entre las cuales se encontraba el hermano del entonces cura
de Móstoles, para que la representación culminara
en la plaza del pueblo madrileño.
La gente de Móstoles fue obligada a asistir a la representación
porque sus piadosos autores no podían permitirse la falta
de público, ni que aquella gente se perdiera el ejemplo de
la tortura a la que sometieron al maestro en su auto sacramental.
La escena la cuenta María Antonia Iglesias en su libro Maestros
de la República. Los otros santos, los otros mártires,
con tanta brillantez narrativa como emoción. Lo hace con
la ayuda de quien precisa el dato, Koldo Palacín, historiador,
y con el dolor vivo de una sobrina-nieta de la víctima, Graciela
Muñoz. Iglesias, que a lo largo de todo el libro pone en
pie con eficaz escritura diez historias de la crueldad humana en
distintos escenarios españoles, cuenta el miedo de aquellos
vecinos madrileños que de no haber asistido al espectáculo
hubieran tenido que pagar las cinco pesetas que no tenían
y con las que se multaba "toda ausencia no justificada".
Y es que este hermoso libro consigue no sólo verificar las
historias dramáticas de estos maestros que perdieron sus
vidas, con las miserias en las que se vieron envueltos en sus condenas,
sino el contexto social y el sufrimiento de los que asistían
a la barbarie, sometidos y en silencio.
La representación de Móstoles pudo haber acabado
allí mismo, con la muerte de la víctima, pero decidieron
prolongar su sufrimiento conduciéndolo a la cárcel
de Porlier, un centro de escolapios, hasta que el día de
san Juan de aquel mismo año lo fusilaron junto a la tapia
del cementerio de la Almudena. Una vez consumada esta liturgia,
fue el propio párroco de Móstoles el que informó
personalmente a la Comisión Depuradora del Magisterio de
que Gerardo Muñoz "ha sido fusilado por la Justicia
del Caudillo", así, con mayúsculas, para terminar
deseando al dictador larga vida por la gracia de Dios. Pero para
entender mejor los recovecos de la miseria sacerdotal hay que tener
en cuenta este dato: el cura de Móstoles había intentado
conseguir la plaza de maestro de Gerardo Muñoz y no la obtuvo.
No es el único caso de miserable con sotana que María
Antonia Iglesias narra en su libro, incluso llega a hablar en Zamora
con un clérigo superviviente de notable cinismo, pero estos
ejemplos sirven, no para negar que también hubiera entre
los partidarios de la sublevación del 18 de julio mártires
verdaderos, sacrificados por su fe, sino para constatar que la Iglesia
española, tan dispuesta a dar altar a ésos sus mártires,
se haya resistido a pedir perdón por su papel de verdugo.
Además, muchos de esos otros santos, otros mártires,
bastantes de ellos católicos, incluso católicos fervientes,
pero con las modernas ideas pedagógicas de la República,
fueron perseguidos por su propia Iglesia, más cercana en
este caso a la demencia criminal que a los comportamientos evangélicos.
Maestros de la República es un libro sobrecogedor, porque
sobrecogedores son todos los asesinatos y represalias que se describen,
pero sobrecoge también comprobar en esta obra de qué
modo los buenos y prudentes maestros republicanos encarnaron el
odio de los sublevados al ejemplar proyecto educativo de la República.
Es éste un libro incómodo para quienes desde las
tribunas públicas muestran repudio y desdén por cualquier
santo o mártir que no esté en el catálogo de
aquellos a cuyas beatificaciones asisten con peineta. Pero a esos
resistentes a la memoria que no les conviene, quizá no sobre
recordarles unas palabras de Dulce Chacón que aparecen ahora
en un cartel en las calles de Madrid: "Somos víctimas
del silencio de nuestros padres y responsables de la ignorancia
de nuestros hijos". El viaje en ataúd del maestro de
Móstoles es una metáfora muy expresiva de una siniestra
procesión muy repetida en nuestra historia y ojalá
irrepetible.
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