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Es
la peor columna de la semana porque... |
| Es cosa nuestra, lo
reconocemos, pero Baltasar Porcel se nos hace muy
cuesta arriba. ¿Por qué no continuaron
con el sustituto? Francesc-Marc Alvaro mola más. |
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Me llegan los últimos libros de dos grandes escritores.
Y me permito un consejo al lector ambicioso: no debe creer la mayoría
de los juicios emitidos por ahí sobre literatura u otra creación,
pues sólo existen unas obras excepcionales: las que conmocionan.
Lo demás es pienso para el gallinero.
El imaginativo es un mundo en paralelo al que desarrollamos la
multitud, es la voz individual que esencializa con su lenguaje,
ideas y visceralidad, convertidas en vida otra.Y ahí no hay
secretos ni componendas académicas, mercantiles o doctrinales.
Es selva, ebriedad, la noche y el alba enteras. Uno de dichos dos
autores es ya muy conocido, Philip Roth; y el otro, poco, pese a
su gigantismo único, es Cormac McCarthy. Y leo sus libros
ahora en traducción francesa pues aquí no los he visto,
pero B. Puigtobella me dice han sido editados. El de Roth se titularía
Hablemos (de) trabajo, porosos ensayos y entrevistas con y sobre
escritores tales Bellow, Edna O´Brien, Malamud o Singer. Roth
los indaga con empática cautela. Me detengo en Saul Bellow,
el más intelectual y más vital, divertido y patético
novelista norteamericano del siglo XX. Que en Europa no ha seducido
aunque le otorgaran el Nobel y que haya aquí pocos de su
compleja fuerza. Y es que nuestro contexto es acomodaticio y le
gusta ir tirando con el toma y daca de los redichos, pirueteros
y escolásticos.
Ningún lector o crítico americano templado opondría
la mera novela negra ni los obesos best sellers (que siendo allí
donde han dado su mejor cosecha es aquí donde son casi lo
único que nos come el seso) a supongamos novelas de Roth
como La taca humana (Edicions 62), exasperada mixtificación
existencial de un negro de piel blanca que se enmascara en judío.
Con el desgarro anímico de una gran sociedad como caldo de
cultivo. Aunque Roth por ahí pueda meterse en un exceso sociológico,
es judío y se tensa. Tanto que para no dejar Nueva York ni
meterse en saraos rechazó el reciente premio Príncipe
de Asturias. Que luego dieron a Paul Auster, kafkiano de supermercado.
Cormac tampoco ve a periodistas y se está en Tejas, inmerso
en la búsqueda de una salvaje comunicación con la
aridez de la tierra y la tragedia del hombre. Es un autor tan agresivo
y minucioso, deslumbrante, como Moisés en el Deuteronomio,
y su tremendo relato épico Meridiano sangriento llega al
prodigio: es el Sinaí del Dios inclemente rebrotado en un
México perdido. "Es el más singular de los nuestros",
suele decir Harold Bloom.
La sombría novela de ahora se titularía "No,
este país no es para el viejo", y se clava como un garfio
en el ser humano, cuyos límites y ansias son su sangre.
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