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Es
la peor columna de la semana porque... |
| ¿Puede ir a peor
después de la primera frase? Glups. Parece
que sí. |
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en el foro | | |
La inmensa mayoría de nuestra clase política es seria,
responsable, trabajadora y honrada. Los casos aislados de corrupción,
de voracidad económica o de desidia no ensombrecen el bien
hacer de la política democrática española.
Del Rey abajo, lo normal entre los políticos es la dedicación
y el esfuerzo al servicio del bien común de los españoles.
La pésima opinión que los ciudadanos tienen de su
clase política, según la última encuesta del
CIS, no nace de los casos aislados de corrupción o de la
pereza de algunos parlamentarios, consejeros o concejales. A mí
manera de ver, deriva del despilfarro generalizado de las administraciones
central, autonómica y local.
En 1976 teníamos 600.000 funcionarios. Hoy alcanzamos los
tres millones. Los políticos han creado en treinta años
más de dos millones de empleos públicos en los que
han colocado no pocas veces a sus parientes, paniaguados y amiguetes.
Los ciudadanos pagan con sus impuestos los sueldos de esos funcionarios
innecesarios y, además, la calefacción, el aire acondicionado,
la luz, el teléfono, las dietas, los viajes, las comidas
de trabajo, la limpieza y el mantenimiento de los lugares por ellos
ocupados. Con el perjuicio añadido para los españoles,
cornudos y además apaleados, de la multiplicación
de trabas burocráticas pues los funcionarios innecesarios
crean nuevas funciones, tantas veces absurdas, para justificar sus
puestos de trabajo.
A este renglón carísimo del despilfarro de los políticos
habrá que añadir la multiplicación de edificios
y la suntuosidad con que los adornan. En sólo unos años,
no se sabe por qué, se han construido o adaptado nuevos edificios
para el Senado y el Congreso, incumpliendo además la normativa
municipal. En cualquier ciudad de España las administraciones
central, autonómica y local invaden los más varios
palacios y mansiones, instalando en ellos servicios artificiales
y muchas veces inoperantes. En muebles, alfombras, cuadros, material
de oficina, y reformas se gasta sin tino, se dispara con pólvora
del rey. Algunos presidentes autonómicos disponen de palacios
muy superiores a la Zarzuela y han montado en torno a ellos un tinglado
de protocolo y relaciones públicas superior al de muchos
jefes de Estado europeos.
Los viajes gratis total, el turismo político, los banquetes
sin cuento, los regalos incesantes, la edición de libros
de lujo y revistas sapo, los automóviles, innumerables como
las estrellas del cielo, con sus choferes correspondientes, completan
ese despilfarro generalizado que provoca la ira ciudadana.
Ahora los partidos preparan una nueva ley de financiación
para gastar más a costa del bolsillo de los ciudadanos. La
operación se va a hacer impunemente, con cinismo elevado
al cubo. Partidos y sindicatos deberían gastar sólo
lo que ingresan de las cuotas de sus afiliados. Eso sería
lo honrado y lo decente. Pero no. Aquí los ciudadanos pagan
también el despilfarro de los partidos. Y es inútil.
Mientras más dinero reciba un partido del erario público
más gastará. Y seguirá endeudándose,
hasta que se haga imprescindible una nueva ley de financiación
con el fin de que los ciudadanos paguen más para mantener
a unos partidos voraces.
Los españoles contemplan atónitos el espectáculo
del despilfarro público contra el que nada pueden hacer,
salvo mostrar en las encuestas el rechazo hacia una clase política
que exprime cada vez más a todos con unos impuestos de carácter
confiscatorio.
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