
...cuando
la anécdota no trasciende a categoría empobrece
los argumentos |
Durante el verano, la realidad, tanto la buena como la mala, me
ha hecho coger unos cuantos kilos de más. Inútil fue
coger la bicicleta de montaña y recorrer veinte o treinta
kilómetros cada tres o cuatro días (la bici te exige
continuidad, como todas las grandes empresas que uno acomete a lo
largo de la vida); inútil fue caminar todos los días
-en esto sí que hubo sistema- una hora u hora y media; inútil
fue privarse del segundo plato de paella con bogavante en alguna
reunión de amigos; inútil fue no tomar la última
botella de sidra, más que nada por lo de los puntos negativos
del carné; inútil fue, cuando la cosa ya no tenía
remedio, limitarse a cenar un triste sándwich de pechuga
de pavo con una transparencia de queso de los Oscos bajo en calorías.
Todo inútil.
Cuando uno tiene tendencia a engordar con la realidad, irremediablemente
engorda. Porque la realidad puede ser una fuente desbordada de ansiedad
y la ansiedad, en algunos casos como el mio, acaba siempre camino
de la farmacia o de la nevera de la cocina. Y cómo es posible
que en plenas vacaciones se pueda caer en la negra sima del agobio,
la zozobra o el estrés. Pues muy fácil: leyendo los
periódicos nacionales, los locales (salvo El Oriente de Asturias
que a mi me enerva, o sea, me relaja); viendo las televisiones generalistas
(con todo el despliegue diario de chorizos, vividores, putas con
dedicación normal y exclusiva, políticos corruptos,
matanzas y guerras al por mayor, redes de pedofilia, gescarteras,
crímenes sexuales y sentimentales, tertulias políticas);
asistiendo impotente a la cementación de la costa oriental
asturiana; viendo como, una y otra vez, la Unión Ciclista
Internacional -la tristemente célebre UCI- persigue con una
saña inexplicable a los corredores que ella misma coloca
bajo sospecha; oyendo las declaraciones de Martínez Camino
sobre las madres solteras; qué se yo.
Pero con la otra realidad también uno engorda. Con la feliz
realidad de ver triunfar a Contador en el Tour de Francia; con la
estupenda realidad de ver a la pareja Beckham fuera de las fronteras
nacionales, paseando ahora su imbecilidad millonaria por las verdes
praderas del soccer americano; con los triunfos de Samuel Sánchez
en la Vuelta a España, que marcan una trayectoria de futuro
esplendorosa; con alguna que otra reunión de amigos en torno
a una tortilla de patata con cebolla y pimientos de Nájera;
con la fiesta estival de Bedoniana, en el recinto mágico
de San Antolín de Bedón; con las nuevas amistades
de los cursos de verano; con las escapadas a Zugarramurdi y su fascinante
entorno barojiano; con la lectura de un libro de buena poesía
o la audición de las canciones de Vaugham Williams.
Así que ante la realidad, que nos persigue las veinticuatro
horas del día (de noche se disfraza de hiperrealidad, pero
no es más que una intensificación de la otra), ante
la realidad repito, que nos engorda a través de su heraldo
más despiadado, la ansiedad, no cabe otra solución
que la dieta, una dieta a la que se le vacía de contenido
dulcemente mediterráneo para convertirla en una amenaza para
los sentidos, en una triste sucesión de espinacas, acelgas,
huevos duros, lechugas, tomates, zanahorias rayadas (como si con
la rayadura la zanahoria adquiriese una nueva personalidad menos
lúgubre y persistente), piezas de fruta milimetradas, fiambre
de pechuga de pavo, jamón york, aceite secuestrado en dos
cucharadas y, para rematar la ignominia culinaria, un biscote reseco,
rugoso y sometido a las técnicas más repugnantes de
cocción y braseado, que se enfrenta a la alternativa gozosa
de un buen panecillo crujiente de miga virginal, para desesperación
definitiva del dietista (el dietista que sufre la dieta, no el que
la elabora).
Cuando escribo estas líneas no se me quita de la cabeza
que hoy para comer tengo unas rayaduras de zanahoria con ajo, una
gota de aceite y, eso sí, doscientos gramos de queso gruyere,
extravagancia clamorosa si se tiene en cuenta que el tal queso no
sabe absolutamente a nada, formando una pareja casi tétrica
con el otro queso de las dietas, el Villalón fresco sin sal.
Pero eso no es lo peor siendo horrible. Por la noche la dieta me
permite tomar una ensalada de frutas del tiempo, pasadas previamente
por una cazuela de agua en ebullición. O sea, la traca final.
AHORA BIEN. Todo hay que decirlo. En tres días he visto,
con la felicidad del agonizante que está harto de una larga
enfermedad, que la grasa corpórea desaparece a la velocidad
de Fernando Alonso. Me miro de perfil y no doy crédito. Me
pongo los pantalones y quedo estupefacto. Me ato los cordones de
los zapatos y siento una ligereza de movimientos que me llena de
autoestima, y hace que mi rencor retroceda, pensando en el beneficio
inmenso que estoy haciendo a mi analítica.
Y para que todo vaya por el libro, con esta dieta diabólica
me estoy quitando de fumar, estoy dejando de leer los periódicos
-sobre todo en las páginas de nacional y sucesos- y de la
televisión solo me doy permiso para ver al hombre o mujer
del tiempo. No hablo de política, de casi nada en general,
y estoy viendo la posibilidad de que me induzcan un coma para meter
la dieta en el gotero y despertar otra vez, con veinte kilos menos.
Y feliz.
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