22 de octubre de 2007
La dieta
Por Álvaro Ruiz de la Peña
La voz de Asturias, 13 de octubre de 2007


...cuando la anécdota no trasciende a categoría empobrece los argumentos

Durante el verano, la realidad, tanto la buena como la mala, me ha hecho coger unos cuantos kilos de más. Inútil fue coger la bicicleta de montaña y recorrer veinte o treinta kilómetros cada tres o cuatro días (la bici te exige continuidad, como todas las grandes empresas que uno acomete a lo largo de la vida); inútil fue caminar todos los días -en esto sí que hubo sistema- una hora u hora y media; inútil fue privarse del segundo plato de paella con bogavante en alguna reunión de amigos; inútil fue no tomar la última botella de sidra, más que nada por lo de los puntos negativos del carné; inútil fue, cuando la cosa ya no tenía remedio, limitarse a cenar un triste sándwich de pechuga de pavo con una transparencia de queso de los Oscos bajo en calorías. Todo inútil.

Cuando uno tiene tendencia a engordar con la realidad, irremediablemente engorda. Porque la realidad puede ser una fuente desbordada de ansiedad y la ansiedad, en algunos casos como el mio, acaba siempre camino de la farmacia o de la nevera de la cocina. Y cómo es posible que en plenas vacaciones se pueda caer en la negra sima del agobio, la zozobra o el estrés. Pues muy fácil: leyendo los periódicos nacionales, los locales (salvo El Oriente de Asturias que a mi me enerva, o sea, me relaja); viendo las televisiones generalistas (con todo el despliegue diario de chorizos, vividores, putas con dedicación normal y exclusiva, políticos corruptos, matanzas y guerras al por mayor, redes de pedofilia, gescarteras, crímenes sexuales y sentimentales, tertulias políticas); asistiendo impotente a la cementación de la costa oriental asturiana; viendo como, una y otra vez, la Unión Ciclista Internacional -la tristemente célebre UCI- persigue con una saña inexplicable a los corredores que ella misma coloca bajo sospecha; oyendo las declaraciones de Martínez Camino sobre las madres solteras; qué se yo.

Pero con la otra realidad también uno engorda. Con la feliz realidad de ver triunfar a Contador en el Tour de Francia; con la estupenda realidad de ver a la pareja Beckham fuera de las fronteras nacionales, paseando ahora su imbecilidad millonaria por las verdes praderas del soccer americano; con los triunfos de Samuel Sánchez en la Vuelta a España, que marcan una trayectoria de futuro esplendorosa; con alguna que otra reunión de amigos en torno a una tortilla de patata con cebolla y pimientos de Nájera; con la fiesta estival de Bedoniana, en el recinto mágico de San Antolín de Bedón; con las nuevas amistades de los cursos de verano; con las escapadas a Zugarramurdi y su fascinante entorno barojiano; con la lectura de un libro de buena poesía o la audición de las canciones de Vaugham Williams.

Así que ante la realidad, que nos persigue las veinticuatro horas del día (de noche se disfraza de hiperrealidad, pero no es más que una intensificación de la otra), ante la realidad repito, que nos engorda a través de su heraldo más despiadado, la ansiedad, no cabe otra solución que la dieta, una dieta a la que se le vacía de contenido dulcemente mediterráneo para convertirla en una amenaza para los sentidos, en una triste sucesión de espinacas, acelgas, huevos duros, lechugas, tomates, zanahorias rayadas (como si con la rayadura la zanahoria adquiriese una nueva personalidad menos lúgubre y persistente), piezas de fruta milimetradas, fiambre de pechuga de pavo, jamón york, aceite secuestrado en dos cucharadas y, para rematar la ignominia culinaria, un biscote reseco, rugoso y sometido a las técnicas más repugnantes de cocción y braseado, que se enfrenta a la alternativa gozosa de un buen panecillo crujiente de miga virginal, para desesperación definitiva del dietista (el dietista que sufre la dieta, no el que la elabora).

Cuando escribo estas líneas no se me quita de la cabeza que hoy para comer tengo unas rayaduras de zanahoria con ajo, una gota de aceite y, eso sí, doscientos gramos de queso gruyere, extravagancia clamorosa si se tiene en cuenta que el tal queso no sabe absolutamente a nada, formando una pareja casi tétrica con el otro queso de las dietas, el Villalón fresco sin sal. Pero eso no es lo peor siendo horrible. Por la noche la dieta me permite tomar una ensalada de frutas del tiempo, pasadas previamente por una cazuela de agua en ebullición. O sea, la traca final.

AHORA BIEN. Todo hay que decirlo. En tres días he visto, con la felicidad del agonizante que está harto de una larga enfermedad, que la grasa corpórea desaparece a la velocidad de Fernando Alonso. Me miro de perfil y no doy crédito. Me pongo los pantalones y quedo estupefacto. Me ato los cordones de los zapatos y siento una ligereza de movimientos que me llena de autoestima, y hace que mi rencor retroceda, pensando en el beneficio inmenso que estoy haciendo a mi analítica.

Y para que todo vaya por el libro, con esta dieta diabólica me estoy quitando de fumar, estoy dejando de leer los periódicos -sobre todo en las páginas de nacional y sucesos- y de la televisión solo me doy permiso para ver al hombre o mujer del tiempo. No hablo de política, de casi nada en general, y estoy viendo la posibilidad de que me induzcan un coma para meter la dieta en el gotero y despertar otra vez, con veinte kilos menos. Y feliz.