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ROMA ES AZUL: La colección de novela histórica
que se acopla, con perdón, a “El País”
de lunes a miércoles es como muy espeluznante. Títulos
subterráneos y autores sepulcrales –superignotos, o
sea- al menos en pasta blanda. Y ese tipo de cosas. Salvaron el
tipo, o algo, la primera semana, allá por el lejano mes de
septiembre, con una novela de Amin Maalouf –que
siempre viste mucho-, y especialmente con “Juliano el Apóstata”
de Gore Vidal. Porque Gore, niños y niñas,
es demasiado para el mundo. Sospecha que Timothy McVeigh,
cruento mesías de Oklahoma, fue un agente del FBI entrenado
por orden de la Casa Blanca para provocar una masacre y endurecer
las leyes antiterroristas. Se formó en el ejército
para dispararle una novela inasumible en 1948 sobre el amor uniforme:
“La ciudad y el pilar de sal”. Firma un ensayo ahora
en bolsillo -“Sexualmente hablando”- que conforma la
auténtica sonrisa vertical de la inteligencia. Y su Juliano
es de una iconoclastia tan exquisita que funcionaría como
una bomba de relojería contra cualquier argumento de la teología
cristiana. En esta novela hay bárbaros como perversos demonios
que acechan en el oscuro limes del Rin, oráculos y dioses
libres caídos para siempre, filosofía y sangre. Rindamos
pleitesía al único patricio cínico de Occidente.
ES UN JUEGO. ES REAL: Hay poca luz, hace frío
y el ambiente es metálico. Se llama Mazzinia y es una cárcel.
Junto al estadio Santiago Bernabeu acaban de erigir un presidio
virtual de alta tecnología con forma de pagoda. 4000 metros
cuadrados de laberintos, suelos movedizos, enrejados asfixiantes
y espectros de otros prisioneros. Almudena Grandes
suele decir que sabe cuánto le gusta la vida porque le encanta
pasear cada día hasta el mercado sin necesidad de descargar
adrenalina precipitándose por un barranco de las Alpujarras.
Aunque esta propuesta se asemeje en tantas cosas a la desasogante
y adictiva “Cubo” de Vincenzo Natali o
a esa novela fascinante y preadolescente llamada “El misterio
de la isla de Tökland” que tanto le gusta a mi Jefe Invisible,
nada como el riesgo desolado de abrir los ojos cada mañana,
casi de madrugada, en busca de una dosis más de presente.
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