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MATHIEU O EL ARDOR: Seamos francos, a nadie le
gusta París. Es tétrico, muy gris y suele estar sucio.
Los romanos, que eran más listos de lo que pensaba Astérix,
lo llamaron Ciudad Fango. Pero todo tiene sus ventajas. En este
preciso momento, si te aclaras al tomar un RER rumbo a Eurodisney
–y caracoleas por esas preciosas poblaciones del extrarradio
con nombre de bosque subterráneo: Aulnoy-sous-Bois, Clichy-sous-Bois...-
puedes ver en live cómo fueron los disturbios raciales de
Los Ángeles en 1992 sin billete transatlántico y retrospectivo.
Arde París -toda una performance de la ville lumiére-
sin que nada tenga que ver la infame Mirelle Mathieu
sino Mathieu Kassovitz, ese chico tan guapo y tan
fascista que en 1995 rodó una cosa profética sobre
la banlieu o periferia llamada “La haine” o “El
odio”. En ella, oye, unos chicos árabes, judíos
y negros, algo quemados por la dificultad de acceder a las prohibitivas
aceras de la Rue de Rivoli, optan por liarse a hostias. A nuestro
Mathieu, Kassovitz, le dio después por entregarse
a una frivolidad igualmente destructiva para la imagen de Francia
y devino en el silencioso y pornográfico novio de Amelie
en el marco incomparable de un París blanco. Eso fue una
señal: Mathieu seguía con sus ideas, o algo, a lo
Brigitte Bardot. La segunda fue decir sí
a Lancôme en un póster hierático, de una infinitud
muy kitsch, donde, si uno se fija bien, a su espalda refulge el
milagro de las llamas perfumadas del extrarradio. “Tú
haces que ocurra”. Dame más gasolina.
SÁBADO: En esta esquina frívola
y atenta hacemos mucho caso a nuestro Jefe Invisible. Y así,
o sea, hemos descubierto que hay una alternativa insospechada al
insoportable “Babelia” en el sexto día de la
semana. Con ABC –sí, con ABC- regalan un suplemento
de letras saturado de colores y asombrosas fotografías de
cine tipo “Los cuatrocientos golpes”. Los lienzos explosivos
de Delaunay se entremezclan con críticas
elogiosas a la última novela de Ian McEwan
–“Sábado”, por cierto- que uno está
deseando leer. Entretanto, desde aquí recomendamos una novela
suya de cuando no era tan conocido por estos pagos y las ciudades
no temían a los aviones: “Amsterdam”. Eutanasia
y otros juegos finiseculares combinados con la lectura de Rodríguez
Rivero o Rosa Belmonte en el periódico.
Sólo hay un plan que supere esta propuesta un sábado.
Sí, ése.
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