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UN INSTANTE: Hace tres días me percaté,
de súbito, de que siempre había querido ser Georgina
Cisquella. Fue una cosa muy impresionante, dado que esta
pulsión –latente, como toda pulsión que se precie-
nunca se me había manifestado con un sándwich de salami
a medio morder en el sofá. Supe, incluso, que me gustaría
deslumbrar a los recepcionistas de los hoteles suizos con un nombre
tan catalán como italiano en plan vínculo cibermediterráneo
y retrocorona de Aragón. El caso es que esta chica iba a
Cannes como en la canción de Carlos Berlanga
y a la Berlinale dinamitando el muro final del telediario. Y ahora
–es precioso- codirige con Antonio Parra un programa que sintetiza
Metrópolis y La Mandrágora sin sedar a las masas a
las nueve y media de la noche en la 2. El programa lleva mucho.
Ya. Pero es que ahora los televidentes, o lo que sean, envían
una videoinstalación o un collage a lo Rauschenberg
para configurar una cortinilla del programa. “Un instante
en Miradas 2” se llama ello. Uno, que está más
perdido que un ave del paraíso en los paraísos polares
de Burgos, enviaría un fotomontaje que sería la envidia
de Richard Estes. El parecido paranormal de J.J.Santos y
Nicolas Sarkozy -y sus ojos todavía asombrados
por el deseo y la ausencia de Ribagorda- sobre
una hoguera donde el invierno devora una pila de gafas de Armani.
Georgina, tía. Fíchame.
AEROPUERTO: Si alguien pasa por Madrid –ese lugar que no
existe- que se dé una vuelta por la Fundación Juan
March, por la calle Castelló, cerca de donde vive la Marquesa
de Gran Hermano. Lo digo porque este sitio multicultural
–música, cine, la lluvia y los lienzos- muestra una
exposición gratuita que ya quisiera la Tita.
Arte contemporáneo desde 1860 hasta 1996. 50 años
desde que este financiero dadivoso y total creó este foco
de tendencias. Supongo que me estoy poniendo plasta a lo “Miradas
2”, y ese es un tema ya superado, así que sólo
diré que hay cuadros en los que encuentras sentido a esperarte
a 2006 por si tu vida cambia. Por ejemplo, o sea, uno de Chagall
con un pueblecito cubista y una pareja de enamorados que
sobrevuelan Moscú sin motor ni nada. Porque los enamorados
vuelan. Y eso, quieras que no, está bien que te lo dejen
muy claro. Por si acaso.
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