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CÓCTEL: En la penumbra de mi memoria –así,
en plan Poe- no encuentro el cofre lapislázuli,
o sea así, de otras Navidades. Tan sólo un deseo intenso
de dinamitarlas. Diciembre es un panal oleaginoso de resentimientos
adheridos al calendario. Giselle Bundchen se desviste
en Pirelli –después de sitiar al surfista Kelly
Slater- para fijar con sus uñas las horas sin rostro
del porvenir como las inscripciones en latín circundaban
la esfera de los relojes medievales: “todas hieren, la última
mata”. Las botellas negras de Freixenet estallarán
en presagios oscuros que nada tienen que ver con la política.
La ansiedad por una vida distinta cristalizará sin luz en
las tardes idénticas de marzo. Las cínicas cenas de
empresa y sus máscaras, las minúsculas detonaciones
al otro lado de la calle, la angustia de no haber podido hacer más
con los meses que no se volverán a cumplir, todos los afectos
imbricados en una ausencia. Desde este no lugar sugerimos un cóctel
deletéreo y fugaz para traspasar las puertas de fuego que
mueren al pie del kilómetro cero de Madrid. Una Navidad pornográfica,
dipsómana, impúdica, politoxicómana, feliz
y feroz, que recompense todos los segundos vacíos y provoque
un terremoto evasivo de rabiosa buena suerte en 2006. Enhorabuena
a los premiados.
CARBÓN: Ahora, amig@s, un instante para
la autopromoción. Estos Frosties volverán (espero)
tras esta perífrasis manida y emética verbigracia
“paréntesis navideño”. La semana que viene
y la que viene después de la que viene, habrá, niños
y niñas, música para camaleones. Aire sonoro para
inhalar en tiempos de abetos de neón. Así que dos
cositas ya para mi carta a los Reyes Magos: la humilde morada de
Jonathan Rhys Meyer con vistas al Támesis de “Match
Point” -donde realmente mora cada día, y suponemos
que cada noche, Elena Ochoa aka Lady Foster-
y diversos pasajes de avión rumbo a las Marquesas (no confundir
con Guadalix de la Sierra). Nada más. El carbón ya
es el despertador.
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