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TU FRIALDAD: Benedicto XVI ha
publicado un libro –con perdón para los libros- titulado
“Dios es amor” (la Biblia lo dice), razón de
más para darse al sexo sin protección al calor de
la inflamable doctrina de la Iglesia. Además Susan (tidad)
nos insta con vehemencia a “practicar el amor por las viudas
y los huérfanos” (sic), labor en la cual no nos resulta
difícil imaginar sumamente aplicado al Papa de la criogénica
sonrisa. Todo esto te deja como muy – Lázaro
Carreter decía que nada es como muy, o es o no es,
pero esta expresión queda muy cool hunter de los eighties
– desprotegido frente al invierno, así que para combatir
los excesos alucinados del maestro alemán de la teología
sintáctica, recomendamos pero mucho “Historia de un
abrigo”, novísima novela de relatos entrelazados de
Soledad Puértolas. El primer capítulo,
que además da título a la obra, es tan revelador y
asombrosamente afilado como aquel “La necesidad de marcharse
de todos los sitios” que se contenía en “Gente
que vino a mi boda”. Ahora que lo pienso, de la Puértolas
sólo sé que perdió a su madre y que suele nadar
en silencio por las mañanas, como muchos de sus personajes
de vida ausente. Lo dicho, “Historia de un abrigo”.
Las encíclicas sólo sirven para que el frío
te raje todavía más este cielo partido de grises.
POLÍGONO INDUSTRIAL: Ya sé que se
ha comentado mucho (¿se ha comentado mucho?) pero hace dos
martes comenzó “House” en Canal +, digo en Cuatro.
Es una serie que te engancha al principio pero que seguramente finalice
en ataques de sopor modelo CSI. Lo que te engancha hung up es su
protagonista, un médico junkee y cojo que no soporta la presencia
física de sus pacientes, llevando al paroxismo la actual
tendencia clínica y cínica de no palpar a los pacientes
para averiguar la causa de sus dolencias. Investiga, el doctor House,
enfermedades infecciosas inverosímiles, junto al chico que
se suicidaba en “El club de los poetas muertos”, lo
cual que es como raro. Pero ningún caso como el que se contaba
hace bien poco en “El País”: ese mendigo que
viajó muerto seis horas en un vagón del metro de Brooklyn
(¿Brooklyn Follies?) sin que las parejas lograran despertarlo
con los besos lascivos que se profesaban bajo la corriente del Hudson.
Y ningún caso como el del SIDA, tan inteligente como para
hacerse 60 veces más diminuto que un glóbulo rojo
y tomar así las más recónditas esquinas de
los caminos de la sangre. House, tío. Investiga.
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