|
EL MAR NO CESA: En noviembre se inició
el movimiento. 5.500 personas efectuaban cada tarde un movimiento
pendular entre los pasillos de eternidad y bambú diseñados
por Richard Rogers. Miles de figurantes ejecutaban
una coreografía perfecta de vuelos imaginarios en la nueva
terminal 4 del aeropuerto de Madrid Barajas. En la madrugada del
domingo 5 de febrero de 2006 despegó el primer avión
de este nuevo espacio rumbo a Barcelona, dejando ateridas las huellas
de cientos de sonámbulos cargados de pesadas maletas supuestamente
vacías. Por 40 euros al día recibían un billete
a Bielefeld o a Brasilia y facturaban su equipaje sin sentir el
vértigo de la pérdida, la acuciante ansiedad que se
entretiene tras los cristales cerrados de las tiendas libres de
impuestos, el nudo de lágrimas que se deshace en el interior
de quienes han de regresar en metro a la ciudad desprovista de sentido
que tú acabas de abandonar. Un aeropuerto silente, de espacios
inasibles y aviones detenidos. En qué pensarían, de
qué hablarían, qué tipo de mensajes aparecerían
en las pantallas azuladas que anuncian las llegadas. Aviva la curiosidad
pensar qué tipo de relaciones amistosas, amorosas o sexuales
habrán surgido entre estos figurantes que han surcado los
caminos del mundo durante cuatro meses en un conjunto vacío.
Pura aventura.
OKTOBERFEST: Recordamos, en estos días,
la que sería banda sonora perfecta para los estrábicos
informativos de Iñaki Gabilondo: “Ayatolah
no me toques la pirola”, himno políticamente sulfúrico
avant la lettre de Siniestro Total. En un mundo
perfecto dominado por Hamás, el uranio enriquecido, viñetas
invisibles, y la poética de los explosivos made in Mosad
by “Munich”, hace falta corrosión y alegría
olé olé. Por cierto, de la película de Spielberg
uno aprende: a) lo que se viaja siendo asesino a sueldo, b) que
las corbatas en los años 70 quedaban aún más
cortas de lo que uno pensaba, c) yo de mayor quiero ser Eric
Bana. Y más cosas.
|