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A MEDIAS: Un apellido griego da para mucha vida.
Jeffrey Eugenides estudia un máster de escritura
creativa en Stanford y en 1993 publica una novela sobre la pulsión
de muerte en cinco preadolescentes, suicidas y vírgenes,
destruidas por la religión de los padres. Mucho después
de que este impacto reprodujera ecos de agua de una insólita
belleza – la cámara de Sofia Coppola,
el pop cinematográfico de AIR- marcha a Peterborough (NH).
Allí existe en la MacDovwal Colony, un refugio para compositores,
poetas y artistas de la más diversa índole que abandonan
pianos entre los árboles como en cuadro de Magritte.
Se aproxima cada mañana desde su estudio hasta el hogar de
la silenciosa Karen Yamauchi. Ella esculpe piezas
de aeroplanos y camiones en una cabaña de piedra decorada
con insectos de plástico y flores secas. Al término
de aquel principio se encuentran de nuevo en el tópico Empire
State. Deciden casarse y vivir en Berlín, en el enigmático
y siempre inalcanzable barrio de Schonemberg. A Jeffrey Eugenides
le ha sentado muy bien la existencia. Su fruto es una novela de
premio Pulitzer afilada y apasionante como un corazón despedazado
en varias vidas. ”Middlesex” es el “Orlando”
de Virginia Woolf pero adictivo y feraz. Grecia
es inagotable.
BAR CIELO OLA: La nave "Venus Express"
(nave con nombre de gracioso club de carretera, todo hay que decirlo)
transmite desde hace unos días el parte meteorológico
del planeta más cercano al Sol: 465 grados centígrados,
nubes de ácido sulfúrico y tormentas absortas de vientos
huracanados. En Madrid, la primavera es un detalle esquinado de
agua. Pero en Barcelona - esa capital perfecta y maldita- hay un
sol sonoro recostado en divanes de color púrpura a la orilla
vanguardista y alcohólica de la Villa Olímpica. La
noche se divide lúbrica entre las teselas multicolores del
Parque Güell y los faros intuidos de la Torre Agbar. Hay "seres
con sosegada vocación de desnudo" y una lengua que sabe
a agua. Barcelona, como Berlín, siempre estará demasiado
lejos.
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