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DESPIERTA. ES DE NOCHE: Yo, personalmente, iba
a hablar para despedirme, o sea, de las noches de verano, me ha
dicho la luna, y otras cursiladas de buen tono como que muy mal.
Me he frenado a tiempo. Creo. Y he decidido hablar de Wayne
Rooney, que es un tema también muy fresquito. Digo
yo. El caso es que Rooney, ídolo post-working class opposite
to Beckham, ha sido fotografiado para una agresiva campaña
ultracool de Nike donde aparece marcado por la cruz de San Jorge
en plan England flag que te arrojo una Cruzada no me calientes.
Los grupos cristianos (que hay grupos para todo) se han enfadado
por el paralelismo religio-furioso-muerte-de-Jesús. A mí,
que soy muy tonto, me gusta tanto esta foto como el spot del Íker-Ícaro-Ángel-Casillas
de Cuatro que entusiasmaba a Clara Sánchez este pasado domingo
en “El País”. Iconografía renovadamente
profana para los dioses caídos al cielo de la FIFA. Y me
gusta también pero mucho la historia del demonio jovencito
del Manchester. Rooney sólo tiene 20 años, sabes,
y creció en un suburbio de Liverpool tan espeluznante que
dejaría a Billy Elliot como un relamido
residente de “O.C”. Padres en perpetuo desempleo y ascendencia
irlandesa. De chaval pateaba un mundo de nubes y escupía
a la lluvia en la calle. A los 18 años ya era pura soberbia
de triunfo. Visitaba prostíbulos y “The Sun”
detallaba la madurez de las meretrices que apetecía. Su representante
solía defenderle afirmando que, como cualquier chaval, Wayne
sólo desea “drink, fight and chasing women”.
Rooney es un puto crack del fúbol. Rooney voltea un alarido
rojo porque escapó de su sangre y llegó. Esta es la
esperanza del verano. Que a su término, exista otra vida
nueva, aunque no sea la de Rooney pero sí la de su grito..
Les dejo con un gesto pensativo de Claudio Magris,
ese tío de Trieste -ciudad de vacaciones- porque él
sí que supo hablar del incendio que ya ha comenzado.
EPÍLOGO: “Verano, verano mío, no declines...
cantaba Gabrielle D´Annunzio que lo amaba por ser la estación
de la plenitud y el abandono a la vida y habría querido que
no acabara nunca (...) Vacación deriva de vacante, vacío,
y esto es lo que hace resplandecer a la vida verdadera, que se vive
y se disfruta hasta el fondo sólo cuando se es libre como
el mar, ignorando compromisos, obsesiones, programas, proyectos.
La miel y el bronce del verano, la extensión inagotable del
mar, el incesante chirriar de las cigarras; horas que transcurren
tan lentas como mareas, que se pasan mirando y escuchando la resaca,
completamente saciadas con la nada, es decir, con todo lo que ocurre,
colores, olores, sabores, gritos de gaviotas; amanecer y ocaso de
constelaciones, mar, posición horizontal, la más digna
del hombre, gran ocio y gran prueba de Eros (....) El miedo al vacío,
es decir, sencillamente el miedo a vivir es tan fuerte que nos alegramos
de marchar y obedecer, de tener algo que hacer (...) El miedo al
verano es comprensible, como el miedo a vivir, a amar, a ser felices,
a la muerte. En la hoguera estival nos parece advertir, por un instante,
la intensidad insostenible de la existencia. Esa belleza es una
zarza ardiendo que consume, rosa –escribía en el siglo
XVII el místico católico Antelus Sitesius- que no
tiene un porqué, florece porque florece de la eternidad en
Dios, indiferente al deshojarse y a la muerte de tantas e innumerables
rosas en el tiempo (....) Toda hermosa jornada, dice una página
memorable de Raffaele La Capria, es también una herida, deja
en el corazón la dolorosa nostalgia por aquello que falta,
la melancolía por la divergencia entre la belleza de la vida
y su dolor....”.. Claudio Magris.
Feliz estación.
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