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Madrid, miércoles 28 de junio de 2006

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Despierta, es de noche

Escaparate de relámpagos
Por Emilio J. B.
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DESPIERTA. ES DE NOCHE: Yo, personalmente, iba a hablar para despedirme, o sea, de las noches de verano, me ha dicho la luna, y otras cursiladas de buen tono como que muy mal. Me he frenado a tiempo. Creo. Y he decidido hablar de Wayne Rooney, que es un tema también muy fresquito. Digo yo. El caso es que Rooney, ídolo post-working class opposite to Beckham, ha sido fotografiado para una agresiva campaña ultracool de Nike donde aparece marcado por la cruz de San Jorge en plan England flag que te arrojo una Cruzada no me calientes. Los grupos cristianos (que hay grupos para todo) se han enfadado por el paralelismo religio-furioso-muerte-de-Jesús. A mí, que soy muy tonto, me gusta tanto esta foto como el spot del Íker-Ícaro-Ángel-Casillas de Cuatro que entusiasmaba a Clara Sánchez este pasado domingo en “El País”. Iconografía renovadamente profana para los dioses caídos al cielo de la FIFA. Y me gusta también pero mucho la historia del demonio jovencito del Manchester. Rooney sólo tiene 20 años, sabes, y creció en un suburbio de Liverpool tan espeluznante que dejaría a Billy Elliot como un relamido residente de “O.C”. Padres en perpetuo desempleo y ascendencia irlandesa. De chaval pateaba un mundo de nubes y escupía a la lluvia en la calle. A los 18 años ya era pura soberbia de triunfo. Visitaba prostíbulos y “The Sun” detallaba la madurez de las meretrices que apetecía. Su representante solía defenderle afirmando que, como cualquier chaval, Wayne sólo desea “drink, fight and chasing women”. Rooney es un puto crack del fúbol. Rooney voltea un alarido rojo porque escapó de su sangre y llegó. Esta es la esperanza del verano. Que a su término, exista otra vida nueva, aunque no sea la de Rooney pero sí la de su grito.. Les dejo con un gesto pensativo de Claudio Magris, ese tío de Trieste -ciudad de vacaciones- porque él sí que supo hablar del incendio que ya ha comenzado.

EPÍLOGO: “Verano, verano mío, no declines... cantaba Gabrielle D´Annunzio que lo amaba por ser la estación de la plenitud y el abandono a la vida y habría querido que no acabara nunca (...) Vacación deriva de vacante, vacío, y esto es lo que hace resplandecer a la vida verdadera, que se vive y se disfruta hasta el fondo sólo cuando se es libre como el mar, ignorando compromisos, obsesiones, programas, proyectos. La miel y el bronce del verano, la extensión inagotable del mar, el incesante chirriar de las cigarras; horas que transcurren tan lentas como mareas, que se pasan mirando y escuchando la resaca, completamente saciadas con la nada, es decir, con todo lo que ocurre, colores, olores, sabores, gritos de gaviotas; amanecer y ocaso de constelaciones, mar, posición horizontal, la más digna del hombre, gran ocio y gran prueba de Eros (....) El miedo al vacío, es decir, sencillamente el miedo a vivir es tan fuerte que nos alegramos de marchar y obedecer, de tener algo que hacer (...) El miedo al verano es comprensible, como el miedo a vivir, a amar, a ser felices, a la muerte. En la hoguera estival nos parece advertir, por un instante, la intensidad insostenible de la existencia. Esa belleza es una zarza ardiendo que consume, rosa –escribía en el siglo XVII el místico católico Antelus Sitesius- que no tiene un porqué, florece porque florece de la eternidad en Dios, indiferente al deshojarse y a la muerte de tantas e innumerables rosas en el tiempo (....) Toda hermosa jornada, dice una página memorable de Raffaele La Capria, es también una herida, deja en el corazón la dolorosa nostalgia por aquello que falta, la melancolía por la divergencia entre la belleza de la vida y su dolor....”.. Claudio Magris.

Feliz estación.

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